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Enrique Redel. Un estado de ánimo

Enrique Redel. Un estado de ánimo


 Me llamo Enrique Redel
 Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como Que yo sepa, como Enrique Redel. O bien como Redel, a secas. Con el apellido acentuado llano o agudo, una cuestión controvertida que ni yo mismo sé dilucidar.
 Me gusta leer porque Porque cuando leo es el único momento del día, además de cuando duermo, en que estoy conmigo mismo de verdad. Cuando lees, el mundo de alrededor se apaga, y el lector desaparece. Porque si algo nos hace humanos es la curiosidad, y porque leer la sacia. Porque leer me saca de aquí, y me lleva a otros sitios que no conozco.
 Cuando tenía doce años quería ser Dibujante de cómics. Escritor. Profesor de literatura.
 Hoy soy Editor de libros.
 Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que No suele ocurrir. Quizás porque mi trabajo es mi pasión, la mayoría de la gente con la que hablo es del sector, o bien conocen mi trabajo. Pero para los «desconocidos», primero, suelo hacerlo como pidiendo disculpas (es habitual que te pongan cara de extrañeza cuando les sueltas que eres «editor»). No es algo de lo que presuma, editar libros. Me preocupa no ser bien entendido. En plan labor didáctica, les digo que me dedico a elegir libros que me interesan, narrativa sobre todo, y que luego los publico a mis expensas. La gente no suele tener ni idea de lo que les hablo, y no entienden cómo alguien se puede dedicar a algo llamado «editar libros». No conciben que exista algo entre el escritor (una estrella siempre, para ellos no existe el escritor que a la vez es contable o funcionario, que es lo habitual) y el librero. Como mucho está el impresor. Tienden a pensar que los escribimos nosotros y luego nos los pagamos. En fin, la labor de explicación del cómo y el porqué es complicada. El cine y la televisión nos ha hecho mucho mal. La gente ve demasiadas películas y en ellas los autores son siempre exitosos y millonarios. Y el editor no existe.
 Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así:  Una carrera contrarreloj en la que tienes que hacer muchas cosas a la vez todos los días (leer en varios idiomas, corregir, cotraducir, escribir, responder a periodistas, hacer llamadas, hacer cuentas, rellenar y cargar cajas y sobres, ir a correos, idear estrategias, escuchar a autores, traductores, distribuidores, asistir a comidas, a cafés, a cenas, visitar librerías, en tu ciudad y fuera, ir en tren, en avión, en coche a los sitios más dispares). Las semanas tienen siete días y los años doce meses. Y se suele planificar con tu distribuidor o con tu equipo cuándo te casas o cuándo te vas de vacaciones o cuándo conviene que te operes de algo no muy urgente, pero molesto.
 Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando… Tuve que explicarle a la simpática señora de Correos, a la que conocía desde hacía aproximadamente un año, que yo no escribía todos los libros que llevábamos cada semana a su oficina. Creo que debía de hacerse cruces con mi capacidad creativa. Aunque, como todo el mundo sabe si ve la televisión, los libros se escriben generalmente en quince días, en un resort caribeño, un café bohemio o durante unas vacaciones de semana santa en que uno está inspirado. La gente ha visto muchas películas.
 Y lo peor No suelo tener muchas experiencias negativas editando libros. Siempre pasan cosas desagradables, evidentemente, pero casi siempre se acaban compensando con experiencias satisfactorias. Como mucho, hay libros en los que confías y que al final no cuajan. O libros que, por alguna razón, te salen mal en el peor momento. Pero la sangre nunca llega al río.
 Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con La cantinela de que los libros son caros, que los libros electrónicos tienen un precio abusivo, que toda la cultura debería ser gratis, porque cobramos todos de la SGAE. Que el libro en papel va a desaparecer en diez años (recuerdo que hace diez años también lo decían, incluso me pidieron un artículo hablando de ello, que se publicó) y que los que pensamos lo contrario (en una convivencia fecunda, con cierta ventaja del papel para el género ficción clásica) estamos anclados en un pasado romántico.
 He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando Aún no he perdido el entusiasmo. De los pocos lujos que tiene ser editor, el mayor es que puedes hacer lo que quieres, publicar lo que te gusta, y eres dueño de tu tiempo y de tu vida. Y te rodeas de la gente que te interesa. Con esas premisas, perder el entusiasmo sería de imbéciles.
 Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es Encontrar un buen título para publicar. Cuajar una buena portada. Tener un libro nuevo, recién sacado de la caja en las manos, ver que la imprenta ha hecho un excelente trabajo (a uno le apetece salir con el libro a la calle, presumir de él en tanto objeto bello) y dárselo al primer librero, enviárselo al primer periodista, con una nota. Estas experiencias superan con creces una página en un suplemento cultural, o una facturación buena, incluso un éxito de ventas.
 El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando Una mañana de octubre de 2008, Javier Cambronero, buen amigo, distribuidor y gran promotor de nuevas editoriales (él fue el responsable casi personal de que la nueva camada de sellos jóvenes de mediados de los años 2000 llegáramos a establecernos) nos fue llamando a todos los editores de Contexto, uno a uno, anunciándonos que habíamos ganado el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial. Yo estaba en Barcelona y recuerdo que me pareció imposible. Antes que nosotros habían sido premiadas editoriales como Anagrama, Tusquets, Crítica, o editores como Jaume Vallcorba, auténticos referentes de una generación de lectores a la que yo pertenezco. Hablé con Luis Solano, editor de Libros del Asteroide, y montamos una comida para celebrarlo. Por encima de la importancia que pudiera tener el premio, fue la constatación de un cambio generacional en el mundo de la edición, que dio paso a excelentes proyectos que nacieron bajo el paraguas de ese premio: Errata Naturae, Libros del KO, Blackie Books, etcétera.
 Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a… A leer por placer. Preferiblemente al aire libre, en la casa que tengo fuera de Madrid. Tampoco es que sea nada del otro mundo, pero hay un par de árboles y una pérgola bajo la que refugiarse del sol. Compro muchos libros a lo largo del año que voy reservando para cuando tengo dos días libres. Aun así, estamos intentando acotar nuestra jornada laboral y tener al menos un día de descanso a la semana. La labor editorial siempre es voraz, siempre hay cosas que hacer, nunca acaba, y hay que ponerle coto, o bien contar con un equipo que te ayude.
 Así es como veo el futuro de mi profesión… Editar libros es cada vez más fácil (en el sentido de «accesible») por causa de la tecnología. Cualquiera con un capital mínimo, conocimientos de diseño y el software adecuado puede lanzarse a editar libros. Ante tal panorama, el editor ha tenido que convertirse en alguien mucho más especializado. Es fundamental si quieres que tu proyecto dure más de los seis meses en que se te acaba el dinero. El editor, antes en su torre de marfil, se verá obligado a salir más, a estar más presente, a manejarse hábilmente en las redes sociales, a reaccionar más rápido ante las tendencias marcadas por los lectores. Si antes el editor era un tipo con financiación y gusto literario, ahora ha de ser también un comunicador, y tener más puesta su atención en las innovaciones de la tecnología, en las nuevas maneras de distribuir contenidos y en la aceptación de la virtualidad del libro. Del objeto (casi artesanal) se pasa al contenido, flexible para muchos formatos, y al proyecto nunca acabado, siempre en construcción. Si no se aceptan tales premisas, uno estará abocado al fracaso.
 Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda… Viajando y leyendo en algún sitio tranquilo. No descarto, no obstante, el modelo alemán: retirarme a algún lugar templado con playa y abonarme a la vida tranquila. Lo que pasa es que, según están las cosas, y con lo poco que cotizamos los autónomos, me parece que eso es más un sueño que una perspectiva con visos de realidad.
 El último libro que he leído ha sido… Como editor, la versión que irá a imprenta de La vida sin armadura, de Alan Sillitoe. Como lector, Un paraíso inalcanzable, de John Mortimer (que ha editado Libros del Asteroide).
 Y lo conseguí en El libro que he leído como editor, no hace falta que lo explique. Un paraíso inalcanzable, de John Mortimer, me lo regaló su editor en la última Feria del Libro. Lo reservé para las vacaciones. Aun así, compro una media de dos libros a la semana en librerías. El último, El país de la canela, de William Ospina.
 Y el primero que recuerdo que leí fue En mi casa siempre se ha leído mucho, a pesar de que vengo una familia de clase media muy normal, nada académica. Tanto mi abuelo como mi madre eran lectores compulsivos. A ellos, en grandísima parte, sobre todo a mi madre (que leía por placer, con fruición, no por obligación ni por elitismo), debo mi afán lector. Supongo que debieron de regalarme algún tipo de libro sobre historia sagrada cuando era pequeño, porque andaba con cinco o seis años obsesionado con Adán y Eva y con Moisés (como decía Umberto Eco, el Pentateuco es «Puro Salgari»). No obstante, el primer libro que recuerdo haber leído y disfrutado (con título y autor) era uno llamado Negrito Revés, de Poli Michelis. Contaba las aventuras de un niño de suburbio en una ciudad americana llamada Belmore. Lo leíamos en clase, en segundo de EGB, en una especie de biblioteca de aula, y a mí me apasionaba. Era muy divertido. Nunca he vuelto a encontrar un ejemplar, pero lo reconocería a la primera si lo viera.
El primer libro que compré como lector adulto, no obstante, fue La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Fue en la desaparecida librería El Aventurero, en la calle Toledo. Hoy es una tienda de souvenirs de Madrid, y el día en que cerró casi me muero de pena.
 En mi mesilla tengo ahora para leer… Las Novelasde Stefan Zweig editadas en un solo tomo por Acantilado.
           http://impedimenta.es/portada.php

                http://danielheredia.com/enrique-redel-no-quiero-publicar-lo-mejor-de-cada-tradicion-sino-libros-que-yo-me-compraria/

OTROS ESTADOS DE ÁNIMO 

Texturas nº14 – sumario

_Ricardo Nudelman: Cuando todos los libros sean electrónicos
_Joaquín Rodríguez: The Book Plus Business Plan (B+Bp)
_Elia Fernández: Al abordaje
_Paulo Cosín Fernández: Los retos del sector ante las revoluciones de nuestro tiempo
_Juan Miguel Salvador: Nuevas librerías para nuevos escenarios
_José Antonio Vázquez: El regreso al futuro de las librerías independientes
The Linotype Bulletin
_Arantxa Larrauri: Las librerías ante el futuro digital
_Bernabé Naharro Sanz: Manifiesto neolibrero
_Martín Gómez: Los desafíos para la librería
_Manuel García Iborra: ¿Qué será de las librerías en el futuro digital?
_José Manuel Anta: El futuro digital y la mutación de las librerías
_Antonio Rivero Rodríguez: El horizonte digital y las librerías
_María Moreno: Hábitats
_Antonio Ramírez: Un mundo que se estrecha
_Enrique Redel: Cruzar el Rubicón
_Lola Larumbe Doral: Libreros de papel
_Jesús Manuel Pinto Varela: El libro electrónico: ¿qué será de nosotros?
_Marcelino Elosua: Ventaja competitiva: de la capacidad de distribución al marketing digital
_Ramiro Domínguez: El mundo del libro y el mundo del ‘e-book’
_Ramón Alba: ¿De qué hablamos cuando hablamos del libro?
_Philippe Hunziker: Mundo digital y librería en los confines de la hispanidad
_Marco Antonio Coloma: Un campo en disputa
_Javier López Yáñez: Las ferias del libro ante el futuro digital: el papel de las librerías
_Alberto Vicente y Silvano Gozzer: Experiencias en el comercio electrónico de libros