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Qué hacer para ser publicado. Guillermo Schavelzon

Qué hacer para ser publicado. Guillermo Schavelzon

Un desafío para los escritores

La creciente dificultad para encontrar editorial, similar a lo difícil que resulta conseguir agencia literaria, es una de las mayores preocupaciones de los escritores que tienen una y a veces varias obras escritas, que quieren publicar.

En esta dificultad, encontraron su negocio las editoriales y plataformas digitales de autoedición, que no parecen ser una solución, sino solo un negocio muy lucrativo para la editorial. En Estados Unidos se llaman Vanity Publishers,empresas que lucran con la vanidad del escritor, como si no supieran que lo que ofrecen, nunca satisfará las expectativas que genera.

En el mundo de los escritores, sigue siendo el libro tradicional, impreso en papel, y puesto en librerías por un sello de prestigio, la principal forma de reafirmación, además de la mejor posibilidad de llegar a las librerías, a los medios y a los lectores.

La receta precisa

Hace quince años dediqué mucho tiempo a intentar escribir un libro práctico que se llamaría Cómo hacer para ser publicado. Llevaba años leyendo libros en otros idiomas sobre el tema. Los estadounidenses son muy afectos a dar recomendaciones precisas, qué y cómo se debe hacer. Organicé lo que iba a ser mi libro en doce capítulos, desarrollé la síntesis de cada uno, escribí unas ciento cincuenta páginas, pero nunca lo pude terminar.

Hacía unos años que había dado por concluida mi carrera de editor, que ya no era de editor, sino de directivo de empresas editoriales, en Buenos Aires, México y Madrid. Había cumplido cincuenta años, me parecía el momento de cambiar. Me di cuenta entonces que lo que había sido central en mi vida personal y profesional, era la relación con los escritores, como lector y como editor. En cambio, ser “un directivo” me llevaba cada vez más a una posición empresarial, alejándome de lo que más me gustaba.  Además, comenzaba a escucharme un discurso frente a los editores, que me resultaba difícil sostener.

Más de treinta años de trabajo en el mundo del libro me habían ayudado a desarrollar una mirada internacional de la actividad editorial. Décadas de asistir a las principales ferias europeas y norteamericanas, de viajes y visitas a editores, de recorrer librerías por todo el mundo, y de hacerme de una buena biblioteca profesional (que hoy miro y me parece una antigüedad), me permitieron ver cómo el proceso de concentración de empresas que había comenzado terminaría desdibujando el rol del editor, haciendo que la decisión de qué publicar, se trasladara del área editorial, a la comercial y de marketing.

Seguir leyendo en el blog de Guillermo Schavelzon.

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Escribir con seudónimo. Elena Rius

Escribir con seudónimo. Elena Rius

Esconderse. Fingir. Sortear prohibiciones. Desconcertar al público. Usar una voz distinta. Cambiar de identidad. Ser otro.
Son muchos y diversos los motivos que llevan a escribir bajo seudónimo. Históricamente, el seudónimo ha sido el disfraz idóneo para sortear la censura, o la desaprobación social. Mujeres que adoptaban un nombre masculino para presentarse ante el mundo y que sus obras fuesen tenidas en cuenta, como las dos «George», George Eliot y George Sand, en la vida real respectivamente Mary Ann Evans y Aurore Dupin (o Dudevant, según optemos por su nombre de soltera o de casada: en países como Francia o Inglaterra, donde las mujeres pierden su apellido al casarse para adoptar el del esposo, tal vez el seudónimo era simplemente un cambio de identidad más). O, mas tímidamente, se escondían bajo el genérico «a Lady», como hizo Jane Austen al publicar su primera novela, Sense and Sensibility.
Este deseo de esquivar la mirada severa del público, de que no piensen mal de uno por haber escrito nada menos que ¡una novela! no es privativo, sin embargo, del sexo femenino. Walter Scott, cuando ya era conocido y alabado por sus compatriotas como poeta -la popularidad de su poema narrativo La dama del lago traspasó fronteras, hasta el punto de que Schubert puso música a algunos fragmentos; el célebre Ave María, tan socorrido en bodas y otros festejos, procede precisamente de esa obra, aunque la letra original no se ha mantenido…
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Elena Rius es autora de El síndrome del lector, publicado en la colección Tipos móviles de Trama editorial.
Estará presente en la Feria del Libro de Madrid el viernes 9 de junio, a partir de las 18:30, en Librería Pasajes, caseta 143 y el sábado 10, a partir de las 12 en Trama Editorial, caseta 195.

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El individualismo del escritor en la era digital: contra la indiferencia y la resignación. Manuel Rico en Nueva tribuna

El individualismo del escritor en la era digital: contra la indiferencia y la resignación. Manuel Rico en Nueva tribuna

El conocimiento público, hace poco más de un año, de la situación que vivían algunos creadores jubilados por compatibilizar pensión y cobro de derechos de autor, colocó en el tablero del debate cultural, quizá por vez primera, las condiciones de vida y trabajo de la mayoría de los escritores de nuestro país. Y, de manera indirecta, puso de relieve una necesidad sólo abordada de manera puntual o simplemente excluida del catálogo de objetivos del escritor: me refiero a la defensa de sus propios intereses, al posicionamiento, como sujetos imprescindibles del proceso editorial (de la “industria”) y como principales afectados por los cambios, algunos radicales, que está generando la expansión del mundo digital, por no aludir a otros desafíos no tan novedosos pero sí de un interés indudable que forman parte del catálogo de reivindicaciones autorales desde hace décadas. En pleno siglo XXI, la realidad del escritor es poco conocida por la sociedad. Incluso es ignorada por los propios lectores, que no suelen detenerse a pensar en las circunstancias en las que se crean los libros que compran o toman prestados en la biblioteca ni en las condiciones “laborales” y vitales de sus creadores.

INDIVIDUALISMO NO ES DESCONOCIMIENTO

La labor del escritor es radicalmente individualista. Basta un lápiz, o un bolígrafo, una libreta (o un ordenador) e imaginación para construir  una historia, para escribir un libro de poemas, de cuentos, una novela o un ensayo. El escritor trabaja, en la soledad más completa, en una habitación, casi siempre rodeado de libros, y en su mayoría es identificable con los “escritores de caja de ahorros” a los que se refiriera, de forma no tan peyorativa como parece, Francisco Umbral. Unos se dedican profesionalmente a la literatura en calidad de autónomos o parados con encargos ocasionales y otros, la mayoría, a actividades tan respetables y comunes como las de profesor, empleado de banca, funcionario, administrativo de empresa o periodista.

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Aritmética para escritores. Guillermo Schavelzon

Aritmética para escritores. Guillermo Schavelzon

Se da por supuesto, con toda naturalidad, que a un escritor se le retribuye, en concepto de derechos de autor, con el 10% del precio de tapa de los ejemplares vendidos de su libro. Nunca escuché a nadie explicar por qué, más allá de decir que siempre ha sido así.

Cuando todo ha cambiado tanto, en la industria editorial y en el comercio del libro, en la economía, y en todos los valores de cualquier índole, es llamativo que este porcentaje se mantenga inalterable, pese a que cualquier pequeña diferencia, representa mucho: si un autor recibe el 12% en lugar del 10, sus ingresos aumentan un 20%, lo que no es poca cosa.

La mayoría de los escritores firman el contrato de edición sin negociar lo que se les pagará, y por lo general sin siquiera leerlo, como un acto de fe ante el editor, sin tener en cuenta que no está comprometiéndose con ese editor, sino con la empresa para la que él trabaja. El editor podrá irse de esa editorial, pero el autor no.

Lo determinante que puede ser el acuerdo entre autor y editor, lo trasmite de manera magnífica el escritor francés Michel Tournier, autor de Viernes o los limbos del Pacífico, al contar la negociación que tuvo con su editor, antes de firmar el contrato que “le permitiría vivir de sus libros el resto de su vida”. (en L’edititions littéraire aujoud’hui. Sous la direction d’Olivier Bessard-Banquy, Presses Universitaires de Boudeaux, 2006, pág. 38):

“Cuando Gallimard me envió el contrato por mi primera novela, me tomé mucho tiempo para reflexionar, y gracias a los años de experiencia en la editorial Plon [donde trabajaba como editor], me senté a la máquina y escribí a mi primer editor:

 “Queridos colegas, recibí el contrato para mi novela, y he aquí las modificaciones que les propongo:

Primero, no quiero ningún anticipo. (La estupefacción de Gallimard debe haber sido formidable: un escritor novel que no quiere anticipo).

Segundo, el tema de los porcentajes de derechos de autor: ustedes me ofrecen el 5% hasta 10 ó 15.000 ejemplares (no me acuerdo con precisión), y un escalado en aumento hasta llegar al 15%. Pues no, quiero el 15% para todos los ejemplares.

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Dilema para escritores ¿una editorial grande o pequeña? Guillermo Schavelzon

Dilema para escritores ¿una editorial grande o pequeña? Guillermo Schavelzon

Algunas veces en Barcelona voy a una Fnac, y otras a una librería literaria como Laie o La Central, y me queda la sensación de haber estado en dos países diferentes. Todo es distinto: son otros libros, es otra la forma de exhibirlos, y la de atender al público también.

Los “nuevos” géneros literarios y la cuestión de la mid list

En el mundo de los libros –el del negocio de los libros- se ha resuelto el tema de los géneros literarios, al que tanto tiempo dedicaron académicos y pensadores, desde Aristóteles hasta Todorov. Una novela es literaria, comercial o comercial de calidad.

Las novelas se contratan, publican y promocionan según cómo la editorial las haya clasificado desde el primer momento, esto determinará la inversión, y así se ofrecerán luego a los libreros.

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Cuando el autor habla del editor.... Ray Loriga

Cuando el autor habla del editor…. Ray Loriga

Para empezar el año….. nos gusta escuchar alguna flor…

El editor es para el lector en general una figura semidesconocida, y supongo que así debe ser, pero su influencia en la salud de la escritura es de una importancia capital. Todo escritor tiene una historia que contar sobre sus editores y sobre la delicada relación que nos une, tal vez no todos seamos capaces de contarla tan bien como Echenoz, pero nadie, creo, podría negar la decisiva presencia de un buen editor en la vida de un autor. Tampoco creo que exista escritor que no sepa la dificultad que conlleva encontrarse enredado entre los dedos de un editor mediocre. (Ray Loriga; Código binario en Revista Texturas 28)

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Escritores libreros: estar de los dos lados del mostrador. Daniel Gigena en La Nación

En una historia de los escritores libreros de la ciudad de Buenos Aires figurarían, en orden más o menos caótico, los nombres de Luis Gusmán, Germán García, Guillermo Piro, Lucas Soares, Raúl Santana, Jonás Gómez, el enigmático J. P. Zooey, Osvaldo Lamborghini e Isidoro Blaisten.

Autor primerizo encuentra editor. José Antonio Millán

Autor primerizo encuentra editor. José Antonio Millán

El profesor Luca Pareschi, de la Universidad de Bolonia, acaba de publicar un interesante artículo: “How I Met My Publisher: Casual and Serial Intermediaries in First-Time Authors’ Publication in the Italian Literary Field” Cultural Sociology 2015, Vol. 9(3) 401 –424 (acceso vía registro).

El estudio, centrado en Italia, analiza una cuestión clave: cómo tiene lugar el contacto entre un autor literario aún no publicado y su primer editor. El tema tiene interés en un momento en que los mercados editoriales buscan en la publicación de autores primerizos un filón que no tienen con autores ya consagrados (y que no son best-sellers, claro). Fue el caso de Roberto Saviano con Gomorra, publicada en el 2006, y de Paolo Giordano con La soledad de los números primos, del 2008. Es un fenómeno no exclusivamente italiano, sino propio de muchos mercados editoriales: los recientes esfuerzos de Amazon en este sentido (con la Kindle Scout Publishing Platform) se inscriben en la dinámica de descubrir para ganar mercado. Pues bien: un primer efecto en el circuito del libro es el aumento del número de manuscritos que se ofrecen a los editores.

Leer artículo completo en Libros y bitios.

 

La responsabilidad de los escritores

por Charles Dudley Warner
Trama & TEXTURAS nº 12
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Ya resulta bastante difícil mantener el mundo en orden sin la intromisión de las obras de ficción, pero la conducta de los novelistas y de los pintores hace doblemente confusa la labor de los conservadores de la sociedad, pues ni los unos ni los otros tienen conciencia de los efectos que producen sus creaciones. Al parecer, el problema estriba en la tendencia de nuestra especie a la imitación. La propia Naturaleza se entrega a la emulación con cierta facilidad. Los amigos del mundo natural han llamado la atención sobre el hecho de que nada más descubrirse los peculiares colores extraídos de la brea, aparecieran en los arriates de flores ornamentales y en los setos de plantas decorativas los mismos tonos apagados, artificiales y hasta lánguidos.No era fácil concebir que las flores adoptaran el color de las cintas y los tejidos de los telares, ni que la Naturaleza y el arte mostraran el mismo aspecto enfermizo por compartir los tintes pálidos que impone la moda, pero si esa relación de la Naturaleza y el arte nos parece en exceso sutil para su comprensión, cuando se trata de la influencia de los personajes ficticios en la moral y en los hábitos sociales no existe nada que sea producto del capricho. Para convencernos no haría falta siquiera recurrir a los efectos que produjeron un Werther, un Childe Harold o un Don Juan -la imitación de su sentimentalismo, su misantropía o su afán aventurero-, ni a la profusión de la corbata de nudo suelto y de la solapa ancha propias del dandy. En una generación como la nuestra, los héroes y las heroínas de ficción aparecen en la vida real con sus vestidos y sus modales cuando aún no se ha secado la tinta de la imprenta. En cuanto que el imaginario popular se entera de cuáles son sus características en la novela, vemos en las calles centenares de imitaciones de las protagonistas. El tipo de mujer característico de los poemas de la escuela estética o de las telas de Rossetti –la pelirroja de ojos agrandados por las emociones y la pasión, vestida con ropas sutiles, enredada en telarañas- nos era desconocido; sin embargo, se multiplicó con enorme rapidez en la vida real, como si hubiera abandonado el libro o el cuadro completamente confeccionada y lista para invadir las calles y los salones. Un hecho en el que yo no encuentro nada de encantador. Es una perogrullada decir que las creaciones de la ficción se forman a partir de generalizaciones de caracteres reales, que han pertenecido a la historia, y que muchas veces esas ficciones viven de un modo más intenso en la tela y en la página impresa que los auténticos con sus existencias desdibujadas, incompletas y contradictorias. Los personajes reales no siempre nos gustan y además, debido a la información cambiante, están sometidos a una continua reconstrucción, vicisitudes éstas que no afectan a los personajes ficticios.

No obstante, la importancia de este hecho apenas se advierte, aunque es tan ilógico como que todos los padres tuvieran un sentido de la responsabilidad tan insuficiente respecto a la suerte de los hijos que han traído a este mundo. Esta actitud ha de cambiar en la era científica que se nos avecina, pues entonces la sociedad achacará a la abuela los pecados de sus nietos y reconocerá su responsabilidad hasta el final de la línea sucesoria, pero no debe extrañarnos que, llevados por la apatía de su materia, los novelistas no tengan en cuenta que los personajes que crean se convierten en ideales y en ejemplos. Ellos saben que el mal ejemplo antes se copia que se rechaza y que los ideales de pacotilla, por ser fáciles de seguir, se imitan con mayor frecuencia que los elevados, pero en esto los novelistas muestran un flaco sentido de la responsabilidad, tal vez porque carecen de una idea precisa de su poder. Es probable que los pecadores más dañinos no sean aquellos que introducen en el mundo de la ficción los elementos claramente perversos e inmorales, sino los que frecuentan la estupidez, los lugares comunes y la vulgaridad social. Muchos lectores rechazarían a los personajes depravados; en cambio, el tópico levanta menos críticas y se juzga inocuo con demasiada rapidez, cuando la realidad es que resulta más pernicioso para la moral. Un libro ramplón –esto es, una obra en la que los personajes vulgares son el resultado lógico de la mentalidad del autor y de su forma de concebir la vida- es peor que todas las epidemias de este mundo, pues mientras que una epidemia puede matar a un determinado número de sujetos vulgares e inútiles, el libro fabrica una gran cantidad de ellos. El observador fino habrá notado el aumento de los tópicos entre los ciudadanos estadounidenses de escaso gusto intelectual, lo cual se debe en parte al hecho de que eso que llaman literatura, y que no es otra cosa que un producto endeble y vulgar, sea lo que más se pregona y lo que más se facilita, por precio y exposición, a un mayor número de personas. No resulta difícil distinguir a las señoritas que se alimentan de tales obras –la mayor parte de ellas bien vestidas y hermosas a primera vista-, puesto que enseguida se delatan por su forma de hablar, sus gustos y su comportamiento; a pesar de lo cual, la insensibilidad pública hacia el problema es un hecho patente. Todo el mundo aceptaría que una joven flacucha, anémica y poco desarrollada físicamente es una joven mal alimentada; en cambio, pocas veces pensamos que la muchacha de mentalidad vulgar y pobre de ideas ha seguido una dieta de hambre leyendo libros anémicos. No debemos culparlas de que resulten tan insulsas y tan poco interesantes como esas mujeres ideales con las que ellas se identifican en los libros. La responsabilidad es de los novelistas y de los escritores de relatos cuya principal característica es el tópico vulgar.

No me extrañaría que en el Día del Juicio se les formulara esta pregunta: «¿Ha escrito usted alguna vez cuentos para niños en Estados Unidos?». ¡Cómo han de temblarles las rodillas! Porque allí estarán las víctimas de esa literatura, los que comenzaron en su más tierna edad a secarse el cerebro con ese aluvión de tópicos manidos que les proporcionan los escritores y los publicitarios comerciales obtusos y lerdos, y continuaron con las llamadas historias domésticas (como si doméstico fuera sinónimo de idiota) hasta que la mente se les diluyó por completo y quedaron inertes para oponer la menor resistencia. Una vez que comienzan a leer libros predigeridos no tendrán más remedio que continuar con ellos, y su disparatado apetito ha de verse estimulado día a día con la especia de la vulgaridad y con un poquito de la pimienta de lo indecoroso. Por suerte para ese tipo de dieta, los escritores más necios son también capaces de ser indecentes.

Desgraciadamente este mundo está ordenado de tal modo que las personas de constitución débil pueden contagiar enfermedades. Y la gente alimentada con esa literatura barata puede, a su vez, escribir libros. Ya se sabe que quien no es capaz de hacer otra cosa en esta vida, puede darse a la escritura, de ahí que el mal se extienda sin límites. No se requiere arte alguno, ni selección, ni idealidad, sólo la capacidad de aumentar el tópico vacío del mundo, y eso puede tenerlo tanto una princesa de nacimiento como una abanderada de los cotillones, pero la responsabilidad será siempre de los escritores que produjeron el texto.

Traducción de Pepa Linares de la Puerta