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Memoria viva

por Félix Romeo
ABC – Cultural
31 de julio de 2010
Aunque Natalia Ginzburg dejó aquí y allá (en Léxico familiar, en Las pequeñas virtudes y en otros textos) sus recuerdos como trabajadora de Einaudi en el momento más brillante de la editorial turinesa, no lo hizo de forma sistemática. Y es una pena.
Consciente de la escasez de memorias de editoras, Diana Athill señala en el prólogo de Stet que el de su obra no reside en el mérito literario, sino en el rescate de una parte poco conocida de su vida. Athill es consciente del valor de sus páginas, en especial de las que se refieren a los últimos años de Jean Rhys, la gran estrella del libro, pero no es menos cierto que muchos de los autores de quienes habla han desaparecido sin dejar el menor rastro. Y si me refiero sólo a los autores, y no a los avatares mercantiles de su desempeño editorial, es porque Athill se reconoce incapacitada para los números y, muchos menos, para recordarlos.

Diana Athill trabajó siempre para el mismo editor, André Deutsch, un hombre hecho a sí mismo que casi nunca dejaba sueltas las riendas de su negocio, que tras la Segunda Guerra Mundial hizo crecer hasta su consolidación… y que, tiempo después, permitió qe fuera engullido por otra editorial cuando se le acabaron las ganas de publicar. Por el camino, quedaba una historia de éxitos (como Tiburón, de Peter Benchley; como el descubrimiento de V.S. Naipaul o como el redescubrimiento de Jean Rhys), de fiascos, de medianías, de ilumincaciones que no funcionaban (como las traducciones de Mercè Rodoreda) y de sorpresas (como la colaboración con las editoriales universitarias africanas).
Mirada global
Andrè Deutsch Ltd. Era una editorial generalista –lo mismo publicaba tratados filosóficos, ensayos sobre extraterrestres o manuales de cocina y literatura-, pero Diana Athill, aunque no para de hablar de todo el entramado de la editorial, prefiere los asuntos literarios. La primera parte de Stet, y la más larga, es una mirada global sobre su trabajo, que sirve para entender la segunda y mejor, en la que retrata a los autores con los que trabajó de una forma más íntima. Con la intimidad que cabe en una editora que, según afirma, siempre separó su trabajo de su vida.
Hay tres tratados especialmente buenos. El de Jean Rhys es conmovedor. Diana Athill muestra a la escritora caribeña como una mujer frágil, que nunca creció del todo y que era incapaz de valorar la ayuda que recibía, y sin la que difícilmente habría podido vivir y escribir. Su relación con Sonia Orwell, la viuda de George, que la agasajó durante años –hasta que su economía le impidió hacerlo-, recibía con mayor intensidad los palos de Jean Rhys. Sin embargo, Athill nos hace comprender los motivos de la fragilidad afilada de Jean Rhys: matrimonios rotos, vida infernal, abandono de la escritura… Aunque es posible que la mirada benévola de Diana Athill esté teñida por la culpa (relacionada con un ridículo anticipo editorial), lo cierto es que resulta casi imposible, leyendo sus penurias, no sentir el desamparo de esa muñeca rota y, al mismo tiempo, su potencia literaria: «No era capaz de verse a sí misma cuando se ponía a trabajar. En sus ojos entonces asomaba un ser íntegro, intrépido, sin asomo de compasión de sí mismo, sabedor con toda exactitud de lo que deseaba hacer y de cómo hacerlo».
Mucho más contundente se muestra Diana Athill con V. S. Naipaul, uno de los autores más fieles a Andrè Deutsch Ltd, y uno de los más ásperos. Quien haya leído La sombra de Naipaul, relato de amistad traicionada que escribió Paul Theroux, volverá a revivir la tensa frialdad, y el rencor, del Premio Nobel caribeño, a los que Diana Athill suma un machismo aterrador, que le lleva a esconder a su mujer por miedo a la vergüenza: «A Vidia no le gusta ir a la fiestas porque soy muy aburrida». Es muy fácil sentir el alivio de Diana Athill cuando V. S. Naipaul abandonó la editorial y dejó de frecuentarlo.
Dandi con peluca
Jean Rhys y V. S. Naipaul son escritores muy traducidos y bastante conocidos, pero el estadounidense Alfred Chester (1928-1971) era para mí un extravagante simpático de la vanguardia al que nunca había leído y cuyo retrato, muy emocionante dentro de su patetismo, me ha hecho encargar sus libros, que ahora, tras años de olvido, publica una editorial que fue de referencia en la escena indie, Black Sparrow. Niño marginado por las secuelas de una enfermedad, judío, homosexual, dandi con peluca, experimental…, padeció en sus años finales una locura que le llevó a intentar asesinar a su madre. Más allá de su pintoresquismo y de sus grandes cualidades, que derrochó hasta que la enfermedad lo permitió, Diana Athill defiende al Alfred Chester escritor, que le proporcionó una de sus mayores emociones literarias.
Diana Athill dice que su libro es casi exclusivamente un repaso a su trabajo, pero su mirada sobre los escritores con los que trató es maravillosamente humana, sin asepsia, apasionada: «La vida es algo que vale la pena vivir»… aunque la idiotez y la crueldad nos acechen por todas partes.