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De la política a la edición: notas comunes y sugestiones. Aharón Quincoces

De la política a la edición: notas comunes y sugestiones. Aharón Quincoces

Durante estas vacaciones he tenido tiempo de leer algunas cosas interesantes. Entre estas está el informe titulado “Ya nada será lo mismo. Los efectos del cambio tecnológico en la política, los partidos y el activismo juvenil ”, editado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud (disponible aquí, por ejemplo). El tema del informe es jóvenes y política, pero he notado algunas cuestiones que me parece, acertando o no, pueden trasponerse a otros ámbitos, como por el ejemplo el mundillo editorial, en función de su carácter general, de actitud y por su calado conceptual.

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¿Los libros impresos durarán más que el dinero impreso, o que el fútbol? Mike Shatzkin. Original en inglés


Cuando se intenta entender qué pasará en los próximos años en el negocio de la publicación de libros, cualquier predicción depende de cómo se resuelvan los elementos que están más allá del control del negocio, y a veces bastante fuera del mismo. Este será cada vez más el caso si el negocio del libro, en el cual no tengo muchas expectativas, es cada vez más el campo de la gente que no publica o vende libros como su principal actividad comercial, sino como un extra o complemento a otro objetivo principal.
El 4 de mayo el New York Times abordó el tema del perturbador cambio en el mundo en general con un reportaje gráfico creado por Claire Cain Miller y Chi Birmingham, basado en las predicciones de un panel de tecnólogos y futuristas expertos. Les hicieron cuatro preguntas: 
El paradigma digital y sostenible del libro

El paradigma digital y sostenible del libro

El libro que tiene en sus manos es un texto arriesgado. La enorme volatilidad y ritmo que la revolución digital y la extensión y penetración de Internet imprimen al mundo del libro, solamente pueden conducirnos a un texto necesariamente polémico, voluntariamente controvertible e inevitablemente provisional. Intentar definir cuál pueda ser el nuevo paradigma digital del libro y trazar una topografía de ese nuevo ecosistema sostenible del libro, no es una tarea fácil. Aún así, este trabajo tiene la virtud de identificar algunos elementos estructurales del cambio que, independientemente de las tecnologías que luego se utilicen, serán ya irreversibles.

En este libro los autores analizan, desde su importante y dilatada experiencia en el ámbito editorial, el impacto que el nuevo paradigma digital del libro tendrá sobre la arquitectura del sector y los agentes implicados en la actual cadena de valor. Las nuevas formas de crear, consumir y compartir contenidos llevan al mundo del libro a buscar formas sostenibles de reconfiguración de una industria que no ha visto cambios tan profundos desde su nacimiento, hace ya más de 500 años. El texto invita a una reflexión profunda del sector a abrazar y aceptar los cambios que ya se vislumbran en el horizonte. Se proyectan ideas y reflexiones que, aun reconociendo dudas razonables sobre muchas de ellas, constituyen un toque de atención muy serio acerca de la necesidad de reflexionar críticamente sobre un sector impelido a una reconversión muy profunda. Ustedes juzgarán la importancia de este libro y la pertinencia de asumir sus cambios y propuestas.
Manuel Gil
Nacido en Albacete, es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, máster en Dirección Comercial y Marketing por el Instituto de Empresa de Madrid y miembro de la primera promoción del Programa Avanzado de Dirección de Empresas Editoriales del Instituto de Empresa. Tras más de 30 años de experiencia profesional en importantes empresas del sector del libro –Cadena de Librerías 4Caminos, Paradox, Marcial Pons– en la actualidad compagina su labor como director comercial de Ediciones Siruela con tareas de consultoría y docencia en el sector del libro.Es coautor de El nuevo paradigma del sector del libro (Trama, 2008), y mantiene el blog de reflexión sobre el sector editorial y librero antinomiaslibro.

Joaquín Rodríguez

Comenzó a trabajar en el sector editorial en el año 1995. Ha sido director durante ocho años de la Editorial Archipiélago y su revista homónima; redactor, editor y director editorial en el Grupo Santillana; director durante diez años del Máster en Edición de la Universidad de Salamanca y, con anterioridad, tres años director del título de experto en edición del Grupo Santillana y la Universidad de Comillas. Fue también director de edición y contenidos digitales en la Residencia de Estudiantes (CSIC) en Madrid. Ha asesorado a sellos editoriales como Paidós y Siglo XXI. Ha dirigido diversos proyectos en el ámbito de la edición digital para el Servicio de Ediciones de la USAL, la Asociación de Revistas Culturales de España (ARCE) y el Instituto Cervantes o la Dirección General de Universidades (Ediciencia, proyecto de edición de contenidos científicos en abierto), y ha publicado en los últimos años diversos libros relacionados con la transformación digital de la creación, la difusión y el uso de la cultura escrita: Edición 2.0. Los futurosdel libro (Melusina, 2007), Edición 2.0. Sócrates en el hiperespacio. (Melusina, 2008), Bibliofrenia (Melusina, 2010) y El potlatch digital. Wikipedia y el triunfo del procomún y el conocimiento compartido (Cátedra, 2011). Mantiene el blog de actualidad editorial futurosdellibro.

El futuro de las librerías

por José Antonio Vázquez
Trama & TEXTURAS nº 11
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Los libreros que quieran continuar en el negocio van a tener que hacer algo más que colocar libros en las estanterías y esperar para venderlos.El cambio en las librerías

Mientras preparaba este reportaje sobre «el futuro de las librerías» –los cambios a los que es más que probable tengan que adaptarse–, han aparecido noticias similares y artículos sobre el mismo tema casi a diario. En realidad, llevamos todo el año con referencias sobre la desaparición o el cierre de librerías, desde los Estados Unidos, Australia, Londres o España. Las razones pueden ser muy diferentes según el tipo de librería del que estemos hablando: la actual crisis, estrategia comercial, pocas ventas, etc. En ningún caso podemos asegurar –y menos en nuestro país– que a día de hoy una librería cierre por la aparición del libro digital –más bien al contrario, al menos en la Red–, a pesar de la irrupción de Amazon y sus superventas navideñas de libros gratis –valga la paradoja–. Todavía.


Muchas declaraciones a favor y en contra del libro digital o del libro de papel no aportan demasiado por obvias, por reiterativas, por caprichosas y en ocasiones por falta de lógica. Tanto a favor de un formato como del otro. Cada uno tiene sus ventajas e inconvenientes con respecto al otro, y serán las generaciones futuras las que terminarán pronunciándose. De manera que decir que los dos formatos convivirán durante mucho tiempo –lo cual es cierto– ya no es añadir mucho. Ni aunque lo diga Umberto Eco en una defensa abierta, legítima y lógica en su experiencia –el papel es lo que conocemos– del libro impreso cuando declara que si tuviera que dejar un mensaje a la humanidad lo haría en un libro de papel, puesto que se sabe que los archivos digitales corren el riesgo de desaparecer o deteriorarse por su volatilidad. ¿El papel no?

Sea como fuere, lo importante son los libros y cómo podamos acceder a ellos, dónde comprarlos y de qué manera. El lector no puede hacer más que comprar y leer, también comentar y desear, pero son los agentes comerciales de la cadena de valor del libro los que verdaderamente tienen en las manos cuidar de su negocio debido a los cambios tecnológicos y de hábitos de lectura (y aprendizaje, no nos olvidemos, porque será fundamental). En este caso hablamos de las librerías.

Se oye llover. ¿Viene la tormenta?

Son días también de predicciones sobre el futuro de todo lo que tiene que ver con el sector. No es mi papel, sólo intentaré aplicar la lógica y sacar algunas conclusiones. No habrá «10 predicciones sobre el futuro de las librerías». Ya se han hecho muchas reflexiones, dado muchas opiniones, algunas más acertadas, otras más arriesgadas, pero lo cierto es que existe un punto de encuentro común: las librerías van a tener que adaptarse de un modo u otro a los cambios que va a traer el libro digital. Puede parecer un punto en común que de tan lógico parezca peregrino, pero si tenemos en cuenta que según el informe sobre «El libro y las nuevas tecnologías. El libro electrónico» (Servicio de Estudios y Documentación. Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas. Ministerio de Cultura, septiembre 2009) todavía sólo el 36,6% de las librerías tienen web propia, entonces ya no nos parece tan absurdo resaltar lo que para muchos es una evidente necesidad, incluso mucho antes del temido libro electrónico.

Borders, Barnes & Noble, Shakespeare and Co. y Crisol –definitivo– han tenido un mismo fin, pero lo único que les une en ese fin es que sus síntomas de declive venían de lejos, de antes del ebook, el eReader, el iPhone y cualesquiera de los fabricantes a los que se les señale como «enemigos» posibles. Ni siquiera hablamos todavía de librerías pequeñas, de barrio. Mientras unos focalizan las causas de sus cierres en cambios estructurales importantes, precisamente dirigidos al nuevo formato digital (Barnes & Noble y su lector Nook), otros sencillamente ven cómo sus ventas disminuyen porque cada vez dependen más de un solo título, y Amazon es perfecto para ese tipo de ventas. En España muchas librerías también dependen de Zafón, Brown, Larsson, para salir adelante, y son El Corte Inglés (y sus variantes) o Carrefour quienes sirven felices la cantidad necesaria de esos títulos (pero también las papelerías que sólo venden tres libros, esos tres libros). En Francia no siempre dependen tanto de ese pico de ventas de best-sellers, y muchas editoriales, como librerías especializadas, viven del goteo de sus títulos de fondo. Cada caso y lugar tiene su explicación.

Cadenas y grandes superficies y agentes nuevos

Hace poco, la Asociación de Libreros Estadounidenses (American Booksellers Association) publicó una carta abierta al Departamento de Justicia para pedir alguna regulación que impida que Amazon, Target o Wal-Mart vendan libros, sobre todo best-sellers, a menos de 10 dólares. Hablamos todavía de libros en papel. Esto supone hoy muchas más pérdidas que la aparición del libro electrónico. En España al menos tenemos el precio fijo, pero en papel. En digital es otra cosa, porque el precio dependerá de qué tipo de libro hablemos, si tiene valor añadido, vídeo, hipervínculos, música, actualizaciones, etc., y fijar un precio en un formato con tantas posibilidades es casi imposible. Quizá eso sólo fuera posible con un formato estándar, el texto tal cual volcado al formato digital sin ningún tipo de interconexión o hipervínculo.

El problema viene de lejos: las grandes superficies acaparan mucho mercado, sobre todo el de los superventas. La solución –también lógica– que se viene dando desde entonces y de manera reiterada, aun antes de la aparición del ebook, es que las librerías pequeñas deben especializarse, bien sea por temática, género, formato, etc. Ya en el Líber del 2005, Francisco Martínez, presidente de la Agrupación de Distribuidores de Libros y Ediciones, resumía que las librerías medianas debían tratar de evitar ser una réplica en pequeño de la gran superficie, con los best-sellers bien destacados, para pasar a ofrecer esos «libros inencontrables». A diario comprobamos que es una posición difícil para los libreros y que no todos siguen ese consejo. Es lógico que las pequeñas y medianas quieran su cupo de ventas de Larsson y Zafón; aunque sin diferenciación, sin defender tanto un escaparate como un espacio propios, esta actitud tiene algo de suicida. Quienes sólo leen el «libro del año» acudirán a Amazon o a la gran superficie. También es cierto que hoy algunas librerías ya apuestan sólo por los cuentos, otras por el bolsillo, por la fotografía, la novela negra, erótica, y así se van abriendo opciones para encontrar un lugar y una oferta concreta y diferente. Para la entrada en juego de lo digital, las soluciones que se dan son similares a las que ya se daban ante la competencia con las grandes cadenas.

Es posible que Amazon ponga su vista en España y se implante aquí mismo, más allá del Kindle como embajador de la plataforma. La FNAC sigue siendo prudente –en sus declaraciones– y dicen estar «a la expectativa para ver cómo se organiza el asunto de los contenidos». Opinan que los eReaders todavía «están en una etapa de lanzamiento, por lo que –piensan– de momento no serán producto de una gran penetración o demanda». Esto a pesar de que en FNAC Francia tienen su propia plataforma digital en su web. Presumo que aquí no tardarán en abrir su pestaña en la web para los ebooks, aunque lo cierto es que las ventas de libros electrónicos en Francia estas Navidades no han sido tan altas como se esperaba. El Corte Inglés ya vende libros electrónicos a través de Publidisa; para ello tienen su propio apartado en la web. La Casa del Libro también lo hace con Publidisa, más bien a través de Publidisa, porque si se quiere entrar desde su web es más que complicado. Además, la Casa del Libro ha abierto librerías «físicas» en los dos últimos años. Google Edition dejó de ser un rumor desde hace tiempo, y sólo falta que las editoriales que quieran lleguen a algún acuerdo con ellos para poder descargar libros digitalizados por Google, de dominio público (todavía pendiente la cuestión de los derechos) o de las editoriales adscritas a su programa. De nuevo, todavía no hablamos de calidad y enriquecimiento o valor añadido al texto.

Desde librerías La Central me dicen que «están estudiando las maneras de proponer el nuevo formato digital a los clientes de la manera más práctica posible». Este servicio pasa, entre otras cosas –afirman–, por una reestructuración de la página web. «Las condiciones, al menos las económicas, dependerán al igual que ahora de los editores». De momento, sus planteamientos están en desarrollo y no tienen fecha definida para la comercialización de los libros digitales.

Pero, además de todos estos espacios conocidos, están surgiendo nuevos agentes: Publidisa, que ya hemos nombrado, como plataforma de dos grandes cadenas, Amabook, del grupo Urano, Leer-e, y las muy recientes Abac –del grupo Eroski junto a Abacus, Vicens Vives, Ferrán Soriano y Cultura 03– y Lector.com. En Cataluña han sido los primeros en tomarse lo digital en serio y Edi.cat va sumando sellos a sus plataformas. Incluso –atención–, Telefónica y Vodafone ya dedican una plataforma para los libros digitales en formato móvil.

Los movimientos de las editoriales en este sentido van a ser muy importantes. Santillana, el Grupo Planeta y Random-House esperan poder tener lista en primavera una nueva plataforma de distribución y venta online de ebooks (y se espera que pronto se unan a esta iniciativa otras editoriales relevantes que todavía dudan entre vender con las librerías de siempre o la unión de editoriales en una plataforma independiente, sin contar con los libreros para la venta del formato digital: el proyecto de Abac). Para ellos, como para la Editorial Roca, va a seguir siendo importante tener en cuenta al pequeño y mediano librero, quienes venderán los libros a través de sus webs (suponemos que las que, por fin, las tengan listas y en condiciones mínimas). Así se lo hicieron saber a CEGAL en su última reunión con los editores a propósito del libro digital. En la reciente Feria del Libro de Guadalajara de México, las conclusiones han sido similares: no dejar al librero desamparado y que éstos sigan siendo el canal de venta del libro, sea en el formato que sea. Luis Francisco Rodríguez, director ejecutivo de Publidisa, y José Manuel Oliveros, encargado de marketing de Trevenque, han sido los artífices de este convenio.

Excusas más o menos técnicas

Como vemos, mientras unos se preparan, otros titubean. Y si todavía algunas de las grandes librerías dudan o parece que por ahora ni se lo plantean, a pesar de que editoriales como Planeta y Mondadori ya han manifestado abiertamente su futuro digital, ¿qué pueden hacer el resto de las librerías? Las de siempre, como las llamamos. Se aduce desde librerías y algunas editoriales que no hay demanda de ebooks –todavía–, que los aparatos son caros –todavía–, y aún están por evolucionar todo lo que deberían o podrían. Que hay lagunas importantes como la cuestión de los derechos y porcentajes. Cierto. Que la cuestión de los formatos y el DRM (Digital Rights Management, Gestión de los Derechos Digitales) plantea todavía más dudas.

Aunque algunas de estas razones son suficientes para pensar bien el cómo y el porqué de la adaptación a lo digital, ninguna es lo suficientemente fuerte para ralentizar demasiado la transformación, y suenan un tanto a excusa. ¿Por qué? Para empezar, es posible que en una o dos generaciones, con la entrada de los ordenadores portátiles en las escuelas, ya no existan estudiantes que hayan trabajado en clase con papel, y los libros impresos serán para ellos algo tan vintage como el walkman y el vinilo, aunque no me gustan demasiado las analogías del sector discográfico con el editorial, pero digital oblige. Puede ser una exageración, es cierto, pero la exageración sólo quiere ubicar a aquellos que se aferran al papel para que repasen los cambios que han sufrido en su cotidianeidad con respecto a la vida de sus padres, no ya de sus abuelos. Y aunque pensemos –y sabemos– que el libro tal y como lo conocemos tiene un componente especial, de valor intrínseco, además de vehículo de cultura, transmisión de lenguaje, pensamiento humano, etc. (argumentos relativos según el que coge un libro, pues a aquel que sólo lee el best-seller del año no le interesa tanto estos valores como poder pasar un buen rato con un libro «de esos que no puedes dejar de leer»; además, las editoriales de hoy –no todas, pero casi–, como muy bien recuerda Jason Epstein, necesitan alguno de estos best-seller para sobrevivir), no por ello, y a pesar de las peticiones a contracorriente de autores como Silva en el último FICOD para la creación de un protectorado del libro de papel –o del propio librero–, van a ser eternos o, al menos, de uso común para las generaciones que estudien, trabajen y se manejen casi exclusivamente con lo digital.

Entiéndase que no me posiciono, sólo trato de ver algunas cosas como irremediablemente empiezan a ser, no como me gustaría que fueran. No hay semana que no haga repaso a las librerías de viejo y «de nuevo», no hay viaje en que no dedique tiempo a rastrear papel amarillento por todas las esquinas, pero eso no me puede impedir ver que nuestros sucesores se manejarán de forma diferente. No me pongo de ejemplo, no me gusta, entro en la anécdota para evitar las suspicacias que de uno y otro lado se dan cuando se expone este panorama. No soy un vehemente apasionado e interesado en las nuevas tecnologías ni me paga ninguna plataforma digital para convencer a nadie ni me enloquecen todavía los eReaders tanto como para abandonar de por vida el papel (imposible, y no es necesario el romanticismo en esto, es sólo una cuestión generacional).

Seguimos. Los aparatos son caros. Del mismo modo, ¿cuánto costaba un móvil hace diez años y por cuánto te lo regalan ahora? Eso no ha impedido que, a pesar de los precios, la gente se fuera adaptando a sus necesidades, porque, al final, la tecnología sólo es cuestión de necesidades. Y si un aparato al principio sólo se usa para trabajar, luego entra paulatinamente en nuestras vidas para ser algo, no sé si en verdad necesario, pero sí que facilite la vida y pueda ser útil o cómodo. Depende de cada persona. Se puede ser un geek a la espera de la última novedad tecnológica o esperar un eReader a medida. Esto tampoco puede ser excusa para hacerse el remolón con el negocio, el que sea de la cadena de valor del sector editorial. Pasados los años, más allá de los muchos años que se quieran calcular de convivencia entre el papel y el ebook, todo el mundo tendrá un soporte con garantías mínimas que por fin se ajusten a todas las necesidades y que hagan parecer fósiles al Kindle e incluso a la Tablet de Apple. ¿Alguien esperó a que se inventara el DVD y se negó en rotundo a comprar un vídeo, no digo ya sistema 2000, sino VHS o Beta? La cuestión es ir probando, manejarse, sin dejarse arrastrar por las reinvenciones anuales de un mismo invento, por supuesto. Las cosas que duren y funcionen –salvo avería irreparable– lo que uno considere, no lo que el mercado dicte. Se puede evitar o combatir la obsolescencia. Una vez más, parece que detenerse a argumentar esto es detenerse en lo obvio y por tanto está de más, pero no se puede pasar por alto si continúa siendo un argumento para esquivar lo evidente: los cambios –y las transiciones– obligados que trae el formato digital del libro de la mano de Internet.

Los derechos y porcentajes son cuestiones que les conciernen a las editoriales y a los escritores, pero eso no va a detener la producción de ebooks o diversos formatos digitales de novelas, textos, ensayos; sencillamente porque ya existen. El que ya los tiene, ya los puede vender. Mientras, se definen nuevas versiones de propiedad intelectual y porcentajes que se ajusten a los nuevos modelos de producción y a las ventas. Y para los más reticentes siempre estarán los autores de dominio público: alguna editorial tendrá que aprovechar lo digital para proponer nuevas y mejores traducciones, valores añadidos, etc., de autores clásicos, inagotables como son. No todo va a ser Gutenberg o Google Books.

Futuro librero

En cualquier estudio el mayor indicador en contra del ebook es sencillamente el «gusto por el papel». Un argumento que deviene débil frente a los cambios generacionales. Cuando este arraigo al papel cambie, cambiará lógicamente esta orientación. Sobre todo, como hemos adelantado, cuando para las siguientes generaciones, a partir de la escuela, hayan crecido casi únicamente con contenidos en Red, en la «nube». Quizá en estas siguientes generaciones habrá casos que no quieran deshacerse del todo de lo impreso, pero de cualquier modo exigirán también contenido digital. Las librerías no pueden hacer otra cosa que poner la mirada en las futuras necesidades. Como en el ejemplo del lector, es una cuestión de decisión propia. Habrá libreros que les interese seguir en activo y harán todo lo posible por actualizarse o mantenerse, para lo cual se transformarán de manera gradual según los cambios que se produzcan. Habrá otros que no les interesará el nuevo modelo de librería por no ser tal y como lo han entendido toda la vida y dejarán que su negocio se despida con su carrera de libreros.

Al preguntar a libreros conocidos sobre estos asuntos, las respuestas siempre han sido más bien evasivas, a la espera. Otros lo tienen muy claro y entienden exclusivamente la librería como la conocemos hasta el día de hoy, y lo que venga después del libro impreso ya no consideran que sea el mismo negocio; un ejemplo claro y sincero de esto ha sido el de la librería de referencia de la sierra norte de Madrid, Arias Montano. En cualquier caso, y si pensamos como algunos –libreros incluidos– que la librería según la hemos conocido y disfrutado tiene los años contados, todavía quedan otros tantos para adaptarse y regenerarse, para lo cual toda transición es necesaria.

En una interesante conversación con Michèle Chevallier, directora de CEGAL, me explicaba cómo no les ha quedado otro remedio que poner todos sus sentidos en cada uno de los movimientos del sector, a pesar de lo impreciso de algunos de ellos. Sin atreverse a pronosticar, en CEGAL creen que, hasta que los jóvenes del entorno digital sean los lectores del mañana, todavía existen generaciones «de papel» a las que no se las puede olvidar. Su condición y apuesta es que el libro sea como sea, pero también a través de las librerías. Eso sí, deben ofrecer unas garantías mínimas, estar aún mejor preparadas y saber orientar al lector de siempre y al nuevo lector. Adaptarse al público, en definitiva. Para lograr esta adaptación con las nuevas tecnologías, esperan poder contar con ayudas del Ministerio. Quieren ser actores y no espectadores, por eso últimamente están tan activos, al menos en sus opiniones y demandas.

A mi parecer, lo más interesente que Michèle Chevallier comentaba –una cuestión que todavía pasa inexplicablemente por alto, apenas se menciona si no es también para sacrificarla antes de tiempo– es la posible incorporación de las máquinas de impresión bajo demanda (es decir, la Espresso Book Machine) en las librerías. Siempre he pensado que es una herramienta ideal para la transición del papel a lo digital, y que el servicio que esta máquina, sobre todo de mano de las librerías –en esto sí que ganan–, puede hacer a los lectores es inestimable. De nuevo, su alto coste puede echar atrás la idea, pero las librerías pueden compartir costes –igual que pueden compartir plataforma digital, en Francia ya están en esto; junto a grandes editoriales como Gallimard, Hachette y Flammarion, aunque no parece que estos editores vayan a contar con los libreros para su plataforma conjunta–, ya que el pedido se puede hacer desde casa y dirigirse luego a la librería o local que tenga la máquina. Las librerías Blackwell´s de Londres no esperaron mucho para hacerse con ella, como la Harvard Book Store, en Massachussets.

Como sea, los libreros que quieran continuar en el negocio van a tener que hacer algo más que colocar libros en las estanterías y esperar para venderlos. Según el sistema de indicadores de gestión económica de la librería en España 2008, un alto porcentaje de ellas –no dice cuántas– ya se dedica a alguna actividad complementaria a la venta de libros: distribución, edición o impresión. La cadena estadounidense Borders ha ideado centros digitales en sus tiendas donde los lectores se relacionan con otros clientes mientras descargan sus libros. Con los nuevos tiempos, ya en la Red, la incorporación a redes sociales –algunas ya lo hacen– y una buena plataforma con sistema de recomendaciones es un paso obligado. (La Red ha resucitado a «libreros de viejo» en muchos casos.) Y continuar siendo asesores, porque la llegada de distintos formatos con diferentes valores añadidos, algunos casi al gusto de cada lector (y más allá del lector), necesitará a alguien que les recomiende o describa uno u otro formato, incluso su funcionamiento. Continuar con la idea de la especialización e ir transformando paulatinamente el local en un centro de información de ámbito cultural, un poco más allá del libro.

A medida que pasen los años, la parte virtual del negocio va a ir adquiriendo mucha más trascendencia. Y es ahí donde cada librería va a tener que destacar para que sus lectores les elijan a ellos antes que «irse» a comprar a las tres de siempre. Una buena página web con todo tipo de aplicaciones integradas, un blog para valorar, reunir y comentar el día a día de los libros, la experiencia lectora según formatos y valores enriquecidos, enlaces y clics siempre a mano para no perder oportunidades (Amazon sigue siendo la librería que lidera las compras compulsivas –y compulsivo no quiere decir sin criterio– a golpe de «clic» tras recomendación). La presencia en redes sociales, insistimos, no es baladí, siempre y cuando sepan hacer uso de ellas y no se limiten –como lo hacen algunas, como muchas editoriales– a la promoción sin sustancia, «hablando solos», sin entender lo que es una red social, sin interacción con el usuario y posible lector y «recomendador» (un tema éste para tratar más despacio). Con las redes se pueden crear todo tipo de comunidades de lectura, de afición, de recomendaciones, etc. Claro que esto lleva trabajo y tiempo, pero no existe negocio que no exija cambios y adaptaciones, y menos hoy.

Todo esto como un ejercicio de transición, y como tal conviene que las librerías vayan haciendo adeptos, animando e informando a sus lectores y clientes, y que éstos no sientan que los cambios van a traer el fin de su librería favorita sino nuevas oportunidades y valores añadidos que la hagan más atractiva. Ser precisamente los libreros los que les expliquen los nuevos formatos y evoluciones, les enseñen a manejarse en lo digital, porque todavía hay muchos lectores que no han oído hablar del ebook y variantes. Si son los libreros maestros de lectores, no deben temer entonces que éstos hagan el clic en la web de una gran cadena, en lugar de hacerlo en su librería o acercarse a saludar y comprar (papel o digital) a la tienda. Así se crea la fidelidad, y no con la desconfianza en lo que viene. Mientras, insistimos, aprovechar la Red y redes para captar nuevos clientes y fieles seguidores, «amigos» en red. Hablamos siempre de aquellos libreros que opten por seguir con su oficio. Otros, decíamos, preferirán ver cómo su negocio de siempre se va convirtiendo con el paso de los años en un lugar exclusivo, en una especie de delicatessen para gourmets de la lectura impresa antes de cerrar definitivamente sus puertas. Será otra opción tan atractiva y legítima como la adaptación. Legítima siempre y cuando sea una opción voluntaria y no fruto de la dejadez o el enfurruñamiento mientras no se hace nada por actualizarse.

Se trata de apostar todavía por la sociabilidad, y eso no se consigue únicamente con el café-librería. Muchas personas se sienten cómodas en las librerías simplemente estando en ellas porque allí ven lo que necesitan y el librero sabrá decirles si tiene este título o aquel otro, no porque vayan a hacer amigos. Hay clientes de todo tipo, pero clientes. Todo dueño de una librería va a tener que saber cómo conservarlos en la tienda, y en la Red (y, en general, tener más paciencia de la que muchas veces ya tienen). Personalmente no creo en las librerías santuario, sino en las diferentes y bien abastecidas. Y en la buena educación de los libreros. Por cierto, en la Red también existen unas reglas de cortesía mínima.

El fin de los cambios

Todas estas sugerencias, y no tanto previsiones, hablaban del momento de transición, de la adaptación obligada si no se quiere o prefiere perecer en breve. Aún así será duro. Pero también hay que ser realistas. Lo insustituible del papel (su romanticismo y simbología, el fetiche) lo seguirá siendo para los que hemos crecido con él; los que no lo han hecho es posible que no vean funcionalidad ni emoción en algo que no reconocen como suyo, sino algo mucho más que sustituible. Y es muy probable que ese día llegue, no sé en cuántos años o décadas. Habrá que estar atentos a la evolución de los sistemas educativos en todo el mundo, ésa será la clave. En todo el mundo, porque es muy probable que mientras en algunos países el ordenador sea de uso común en las escuelas, a otros no les quedará más remedio que estudiar con los libros de papel que ya nadie use. Paradójicamente es posible que estos últimos sean los que devuelvan el valor a lo impreso para nuestra memoria.

Lo cierto es que no podemos imponer nuestra experiencia, por mucho que nos duela ver cómo las cosas que nos son familiares se desvanecen ante las nuevas, para nosotros muchas veces más feas, llamativas y sin ese encanto o aura que nos parece que tienen. Enfrentarse a la fuerza llevados por el instinto, al final será igual de inútil. Declaraciones como las que aparecieron el 14 de diciembre en Le Monde bajo el título «Les Librairies dans la tourmente», firmado por Christian Thorel, Jean-Marie Sevestre y Matthieu de Montchalin, libreros y vicepresidentes del SLF (Syndicat de la Librairie Française), afirmando que «el hombre del mañana no será un esclavo de la pantalla, sino un ciudadano que paseará por las calles de nuestras ciudades y cuyos dedos seguirán pasando las páginas de nuestros libros», me parecen un tanto afectadas y algo carentes de toda lógica. Incluso aunque a muchos nos resulte extraño que algún día pueda que no existan los libros de papel. Es entonces cuando no soy capaz de ver la función de la librería como la veo hoy, ni con todas las transiciones posibles. Ya no serán o serán otra cosa, incluso quizá se llamen de otra manera.

Personalmente, si nos ponemos así, si pensamos en la obsolescencia de todo cuanto existe, y si tuviera que dejarle un mensaje a la humanidad –o a los libreros y lectores del futuro, pues no aspiro a tanto–, por si acaso el mensaje lo dejaría tallado en piedra.

Visibilidad: el gran reto del libro

por Cecilia Tan
Trama & TEXTURAS nº 13
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Como parte de un panel en el encuentro de Bookbuilders of Boston/ Emerson College, titulado «De Gutenberg a Google», una serie de presentaciones que giraron en torno a la r/evolución del ebook, di una charla. Prometí que, más tarde, la colgaría online para quienes no pudieron asistir y aquí está mi perspectiva sobre la «visibilidad» del libro y las razones por las cuales este principio clave está detrás de las tres patatas calientes que deben enfrentar las editoriales que se pasen a lo digital. A saber: 1) la transición de un mercado físico, compuesto por librerías minoristas, a un mercado online; 2) la importancia de las redes sociales y de la participación del autor; 3) ¡la piratería!, ¡glups!

No llegué a los ebooks ni me coloqué a la vanguardia de la innovación de las tecnologías del libro porque pensara que los ebooks eran la nueva onda y quisiera estar en el centro de la acción. No, en lo esencial me vi forzada a convertirme en una experta en ebooks o mi editorial se iba a la deriva. Fundé Circlet Press en 1992, mucho antes de ese pequeño inconveniente que hoy llamamos la Crisis de las Devoluciones.
La historia de Circlet es agitada: nos golpearon todas y cada una de las convulsiones de la industria editorial desde el año de nuestra fundación. Sobrevivimos a la quiebra de Inland Book Company; después, a la suspensión de pagos del distribuidor LCD. Si le echaran una mirada a mi lista de Clientes Importantes de hace diez años, verían una relación de al menos 50 mayoristas y minoristas que o bien han cerrado el negocio, o que han dejado de comprar libros o que han disminuido drásticamente sus pedidos y dejado de lado nuestros títulos.
Bookpeople ha desaparecido, Tower Records ha desaparecido, Lambda Rising ha desaparecido, y la lista sigue. De aquellos 50 clientes importantes, sólo quedan dos y son Borders y Barnes & Noble.
¿Qué pasaba si alguna de las dos grandes cadenas de librerías decidía no pedir alguna de nuestras novedades? No teníamos más alternativa que cancelar la publicación.
Las cosas fueron a peor: hubo títulos que ninguna de las cadenas aceptaron o de los cuales pedían cantidades tan exiguas (100 ejemplares o menos) que me preguntaba para qué se tomaban la molestia. A esas alturas, en 2008, la entrada de caja era casi nula y Circlet Press estaba, en principio, muerta.
Como ya no tenía nada que perder, empecé a convertir nuestro fondo en ebooks y a ponerlos a la venta en la tienda de Kindle o en el sitio de Fictionwise, tan sólo por hacer algo. No tenía dinero, pero si para empezar a vender ebooks lo único que hacía falta era una inversión de sudor, bueno, eso estaba en condiciones de ponerlo. Aprendí a formatear para Kindle por mis propios medios y pasé por el aro de Fictionwise, et voilà!
¡Ebooks!
Las ventas eran irrisorias. Pero, teniendo en cuenta que, en aquel momento, los costes de puesta en marcha de un ebook eran casi equivalentes a cero, porque empecé con títulos cuyos derechos ya tenía y tan sólo ponía capital sudor, hasta esas ventas insignificantes eran mejor que nada.
Después, empezamos a hacer ebooks originales. En lugar de restringirnos a la conversión del fondo, empezamos a producir títulos nuevos por primera vez en años. Circlet Press siempre ha publicado muchas antologías y libros de cuentos: los transformé en programas para becarios en prácticas. En las doce semanas de duración de las prácticas, podía guiar a un becario a través de todo el proceso, empezando por el pedido de propuestas a los autores, la selección de los cuentos, la revisión y la edición, la composición tipográfica y el diseño del PDF, el posterior formateo para Kindle y otras plataformas, ¡y listo! El libro estaba vivo y a la venta antes de que el becario hubiese abandonado mis oficinas. Por las venas de una editorial corren dos elementos vitales: dinero e ideas. De pronto teníamos un constructivo flujo de ambos, cuando apenas unos meses antes estábamos más muertos que clavo remachado.
Dos años más tarde, hemos logrado beneficios durante dos ejercicios (después de 5-7 años de pérdidas) y ahora cuento con un equipo de seis editores externos que contratan y editan libros para nuestro nicho y, al paso que llevamos, este verano será el de nuestro apogeo, con el lanzamiento de un nuevo título electrónico por semana. Muchos de ellos sólo venderán unos pocos cientos de ejemplares a lo largo de 2-3 años, pero cada uno de ellos recuperará la inversión y dejará beneficios, y muchos de ellos significarán ingresos más importantes para el autor de los que jamás hayamos pagado por un libro impreso.
Hecha la transición del papel a lo digital, hay tres temas candentes a los que quiero referirme y que están íntimamente relacionados. Piratería; redes sociales y la importancia de que el autor participe en la promoción de su libro; y la transición de un modelo de negocio centrado en las librerías a un modelo digital. ¿Qué tienen en común estos tres puntos?
La capacidad de ser descubierto
El primer obstáculo con que se encuentra un libro es la falta de atención que le impide ser descubierto.
Uno puede haber escrito el mejor libro del mundo, pero si no está en los anaqueles de la librería, ¿cómo se enterará su posible lector? Toda la gente de prensa y promoción de las editoriales sabe que, en el modelo de negocio tradicional, si el libro no está en las mesas y en los anaqueles cuando uno logra cobertura en los medios más importantes o hay una gran presentación del autor, se pierde casi todo el repunte de ventas que se habría logrado.
El antiguo método para descubrir libros era, para la gran mayoría, ir a la librería, pasearse por sus pasillos y ver qué había.
Este método se está desmoronando por varios motivos. Hay menos librerías. Las que hay, en buena medida, pertenecen a grandes cadenas, a menudo no tienen librero de cabecera que jerarquice el abastecimiento y sus existencias son paupérrimas. Hace poco, Borders hizo una reducción masiva de su inventario que se tradujo en menos títulos por anaquel. Los libreros independientes, con excelentes políticas en la elección de títulos, a menudo se encuentran con grandes desafíos de inventario y de flujo de caja. Aun así, la razón por la cual nosotros, los editores, seguimos vendiendo los libros en consignación y con derecho a devolución es que la mejor manera de vender un libro es que esté a la vista en los anaqueles para que el consumidor lo encuentre. Entonces, ¿qué pasa cuando hay menos librerías, menos anaqueles y más competencia por el espacio que queda? Uno se ve obligado a explorar otros métodos que permitan el descubrimiento de la obra. Y, desde luego, los ebooks no necesitan ni librerías ni anaqueles físicos.
En materia de ebooks, descubrimos que hay que tener los libros colgados en las páginas de los minoristas con más tráfico. Hay algunas excepciones como, por ejemplo, La cueva de Ellora y Torquere Press, dos editoriales especializadas en novela romántica, que han construido también modelos de relación directa con el consumidor. Pero para una editorial generalista, construir una marca que la haga reconocible es más difícil. En estos casos, es el autor quien posee el nombre de marca, no Random House o St. Martin’s Press. De manera que hay que tener los libros en la tienda de Kindle, en Fictionwise y también en la tienda de Mobipocket: los sitios donde ya está congregada la gente que quiere ebooks. Lo que en las librerías era un paseo a pie, se ha transformado en un paseo de miradas en los websites. ¿Qué se puede hacer para acrecentar los paseos de las miradas?
¿Quieren saber dónde se congregan los más ávidos lectores de libros electrónicos que navegan por la Red? En los sitios piratas. Y aquí está el asunto. La gente que piratea libros no es gente que odia los libros ni a los autores. Es como decía Nietzsche. El águila que se come al cordero no odia al cordero. El águila adora al cordero. A esta gente le chiflan los libros. Son insaciables. Por eso frecuentan los sitios piratas y hablan de sus autores favoritos en los foros y preguntan por otros dispuestos a compartir sus archivos digitales e, incluso, crean versiones digitales de los libros que todavía no las tienen.
Hasta ahora se ha realizado un par de estudios donde se señala que el aumento de la piratería digital de un título parece conducir al aumento de las ventas de la versión impresa. El jurado sigue deliberando sobre si un libro que sólo existe como ebook resulta perjudicado por la distribución pirata, pero, ¿qué hay si lo que uno quiere es vender libros de papel? Ser pirateado, en este caso, equivale a vencer de alguna manera el inconveniente de la ausencia de descubrimiento. Cuanto más piratas vehementes hablen de un libro y lo recomienden a otros que también lo descargan, mejor, siempre y cuando uno tenga los ejemplares físicos para venderle a los conversos que lo quieren para sí, o para regalarlo a la tía María, o para tenerlo en su biblioteca, porque ¿quién sabe si el archivo digital seguirá siendo legible dentro de 20 años?
Las redes sociales y la posibilidad del descubrimiento
En mi condición de autora, he publicado con editoriales grandes y pequeñas. HarperCollins, Avalon, Running Press, etc. En la mayoría de ellas, los departamentos de promoción no querían mi participación. La actitud era que si el autor participaba podía, de alguna manera, «malograr» los esfuerzos del publicista.
Pero, ¿adivinen qué? Ahora que el espacio dedicado a recensiones ha disminuido drásticamente, a menos que se tome en cuenta a los blogs, el publicista necesita lugares y caras nuevas para el lanzamiento de los libros. Y los blogueros no quieren ni oír hablar del brazo propagandístico de las grandes corporaciones. Quieren escuchar al autor. Así, de repente, el autor es alguien a quien hay que poner en juego para acercarse a los blogs y a los websites y conseguir menciones y reseñas.
Estamos viendo el despertar de las Giras de Blog. El autor escribe una serie de ensayos cortos y algunos artículos de opinión relacionados con el libro que los publicistas están promoviendo y los postean como «bloguero invitado» en sitios de mucho tráfico, siempre con enlaces a la página del autor y un botón de ¡Cómpralo ahora! vinculado al libro.
¡Editores!, provean a sus autores con ese pequeño trozo de código HTML. Solían equiparlos con una gacetilla de prensa y la cubierta del libro para que las repartieran. Hoy, denles el botón de ¡Cómpralo ahora!
Esto implica más trabajo para el autor, por supuesto, y cada tanto oímos quejas en ese sentido: «Ya escribí el libro, ¿ahora tengo que promocionarlo? ¿Acaso no es el trabajo del editor?». Pero la pura verdad es que la mayoría de los autores quiere participar en la promoción y el marketing de sus libros, y ya es tiempo de que los editores aprovechen esas energías. (Y no me malinterpreten: los autores todavía necesitan de los editores. Podría dar una charla entera sobre el tema.)
Lo anterior significa que el autor debe tener su propia página o blog, su página de fans en Facebook, su feed en Twitter, etc.
Si el autor publica su primera novela, tal vez no haya construido todavía una comunidad de seguidores en las redes sociales, pero la situación cambia si el escritor es experto en alguna materia y no escribe ficción. La posibilidad de que tenga un grupo de gente que lo sigue en las redes a causa del tema y que, a su vez, participa en otros grupos y organizaciones, es alta. Y hasta los novelistas, si se han dedicado a algún tipo de género, es probable que hayan escrito cuentos, asistido a convenciones y otros eventos por el estilo, que los ponen en contacto con sus lectores potenciales. Quienes lo siguen serán los primeros en descargar su libro en cuanto el autor active el enlace ¡Cómpralo ahora!
Los autores duchos en las dinámicas de las redes sociales superarán el escollo más rápido, porque están «allí», donde los pueden ver y descubrir. Deberían ser googleables. A medida que pase el tiempo, estas cualidades se volverán tanto o más deseables para los editores que la verdadera habilidad para escribir del autor.
Y aunque, por supuesto, en un año y medio o dos, este paisaje podrá ser completamente distinto, no veo que ninguna de estas tres dificultades se vaya a superar en el corto plazo. La capacidad de ser descubierto ha sido siempre uno de los grandes retos para los autores (fíjense si no en La vida de Pi, de Yann Martel, que vendía una miseria hasta que consiguió el Premio Booker, después de lo cual vendió 7 millones de ejemplares) y para los editores que tratan de imponer autores nuevos y nuevas ideas.
Lo fue antes de la era digital y lo seguirá siendo a medida que aparezcan nuevos dispositivos de lectura y nuevas formas de consumir literatura.
publicado en circlet.com
traducción de Julieta Lionetti 

El fin de la Edad del Libro

por Margarita Valencia
Trama & TEXTURAS nº 12
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La historia del hombre es la historia del lenguaje, y la historia de la comunicación del hombre ha sido la historia de la búsqueda de medios para hacerlo: «Vivir en sociedad significa formar parte de un regazo fantasmal, en parte imaginario y en parte acústico: la idea de algo que nos alberga y nos rodea, que nos permite oír y ser oídos juntos mantiene unida a la gran familia dispersa… «. De éstos, la oralidad es el medio natural, y también el más persistente. Pero la cultura escrita está tan arraigada, que es difícil no creer que «el hombre no tiene más edad que la cultura superior» y que la auténtica historia se inicia con la aparición de los escribas: antes del papel hubo papiros y tabletas de arcilla y cera, cuero, hueso y madera, lino y seda. Y sabemos, por supuesto, que muchísimos años antes (entre nueve y doce mil) hubo quien utilizara sus dedos, y la roca, y pigmentos minerales para dejar plasmadas sus proezas como cazador.
El impulso de contar es el más humano de los impulsos y define su ser social. Pero la escritura nace más bien de la desconfianza del hombre en su memoria: el vecino nos debe demasiadas ovejas, es demasiado larga la historia de la cólera del pélida Aquiles, o demasiado compleja la de la creación del mundo. Queremos recordar, pero también queremos que nuestros descendientes recuerden.
La escritura registra la voz de dios, o nuestras propias voces, en rollos o en tabletas que después se convierten en códices. Y en estos rollos y estos códices, las voces se oyen muy lejos. El comercio de libros ya ocupa un lugar en la vida de las ciudades en el siglo V a.C., y también las bibliotecas, que no son meros repositorios de textos sino el espacio donde se cataloga y ordena, y por ende, donde se fabrica la materia prima del canon: sigue siendo famoso el catálogo de autores griegos elaborado por Calímaco en el siglo IV, para la biblioteca de Alejandría.
Este canon, siempre creciente y siempre exclusivo e indefectiblemente asociado al papel, sostiene e informa la idea de humanitas y después de humanismo, «la convicción de la dignidad del hombre, fundamentada en la insistencia en los valores humanos (racionalidad y libertad) y en la aceptación de sus limitaciones (falibilidad y fragilidad)». Y explica la continuidad y duración de la Edad del Libro, que hace que asociemos la historia del hombre con la historia del papel. Pero esta asociación escoge ignorar el hecho evidente de que la cultura basada en el papel —y la posibilidad de la «telecomunicación fundadora de amistades que se realiza en el medio del lenguaje escrito» — ha sido siempre el dominio de unos pocos: a pesar de los avances de la alfabetización, sigue habiendo entre los hombres letrados y los iletrados «una fosa cuyo carácter insalvable estuvo a punto de alcanzar la dureza de una verdadera diferenciación de especies».
Sin embargo la Edad del Libro llegó a su fin. Según Steiner, en la segunda mitad del siglo XX las condiciones de su larga permanencia —la disponibilidad de un espacio silencioso e íntimo para leer, por ejemplo, o el acuerdo en torno al canon— estaban en vías de desaparición, y esa forma clásica de la comunicación que era el libro había sido sustituida por otros medios. La posibilidad de que ese momento llegara empezó a asomar en su momento de gloria, con la aparición del tipo móvil y la expansión de la imprenta, que acabó con el monopolio de la cultura libresca detentado por los monasterios durante siglos después de la caída del Imperio Romano. La imparable difusión del libro y de la alfabetización desde entonces hasta nuestros días ha ido acompañada de la alarma creciente ante la proliferación descontrolada de la información en un mundo en el cual todos saben leer y todos efectivamente leen. (Síntomas de esta alarma son, entre otros, el desarrollo de la literatura infantil y los discursos sobre la promoción de la lectura.) Y fueron definitivos el crecimiento y la consolidación de los medios masivos de comunicación: «Con el establecimiento mediático de la cultura de masas en el Primer Mundo y, más aún, con las últimas revoluciones de las redes informáticas, en las sociedades actuales la coexistencia humana se ha instaurado sobre fundamentos nuevos. […] La síntesis social no es ya cuestión ante todo de libros.» El saber privilegiado por el humanismo dejó de ser el sustento del poder, que pasó a sostenerse sobre la información periodística y el conocimiento científico.
El canto del cisne del libro fue su exitosa conversión en mercancía cultural, capaz de competir exitosamente con la televisión, el cine, Internet. El best-seller efectivamente desacralizó el libro, que dejó de ser un símbolo (para algunos, un objeto sagrado) de estatus económico, social y cultural. Y aun así persistió en el formato tradicional, prueba quizás de su reputación y, sobre todo, de su eficiencia. De hecho, una de las alternativas más exitosas al modelo que se impuso a partir del reinado del best-seller en el mercado editorial—francamente inoperante y, ese sí, en vías de desaparición— es el de la impresión bajo demanda, uno de cuyos pioneros es Jason Epstein, el conocido experto en cuestiones editoriales. Su compañía empezó a ofrecer la EBM (Espresso Book Machine) en 2006, y hoy se encuentra en más de cuarenta librerías independientes en Estados Unidos.
«El acto clásico de leer y de escribir era un guiño íntimo a la permanencia», escribe Steiner, «pero esa necesidad de trascendencia ha sido sustituida por la estridencia breve del grafito efímero.» Esta equiparación de lo efímero con lo estridente deja en evidencia la pertenencia de Steiner a un grupo limitado de lectores para quienes la educación está ineludiblemente relacionada con la lectura de un canon, que creen firmemente en la agenda (fracasada) del humanismo. Si para Nietzsche la escritura era el poder de «transformar el amor al prójimo y a lo mejor de lo más cercano en el amor por la vida desconocida, lejana, venidera», y esta escritura participaba firmemente del compromiso de «rescatar a los hombres de la barbarie», para el hombre contemporáneo vuelve a tener sentido el prójimo como interlocutor, como en los primeros tiempos del proselitismo cristiano.
Señaló Philippe Ariès que cada periodo tiene una actitud característica hacia el tiempo. Cuando este se acelera, como sucedió en el siglo 20, todo empieza a parecerse más y la cultura se recubre de una capa gris de modernidad que borra los colores, las diferencias. Esa grisura emanada de la cultura del entretenimiento que siguió al fin de la Edad del Libro ahora está siendo activamente combatida por el periodismo y otras formas de comunicación comunes como los blogs, Twitter, Facebook, YouTube, e incluso el celular ascendido a la categoría de prótesis. La necesidad de trascender parecería haber sido reemplazada por la posibilidad de estar en contacto con otros, de oír sus voces, de hacerse oír, sin pensar en la permanencia. Contrario a las voces que claman por el aislamiento que genera el Internet, nunca fue tan cierto como hoy que todos formamos parte del continente.
Eso no significa que el futuro sea un tema descartado. Hace unos días, en protesta por la aprobación de la llamada «ley mordaza», el periódico italiano La Reppublica circuló con la primera plana en blanco y un editorial de su director Ezio Mauro en el que afirmaba lo siguiente: «Por esto hoy la primera página de La Repubblica es blanca, para atestiguar lo que está sucediendo. Y para decir que no tiene que suceder, y no sucederá.» En su versión digital, La Reppublica ilustraba la noticia con la foto de una mujer que desplegaba frente a ella la primera página de la versión impresa.
Según la British Library, en 2020 el 25% de los periódicos se publicarán exclusivamente en formato electrónico, y prácticamente ninguno circulará solamente impreso. Sin embargo, la Biblioteca conserva un ejemplar impreso de todo lo que se produce, por la sencilla razón de que solo el papel sigue siendo suficientemente confiable. La aparición de nuevas bibliotecas y el crecimiento de las ya existentes es una prueba contundente de la buena salud del maridaje entre el libro y el papel, y del rol indiscutible de este como portador de nuestro legado: en 2007 la colección nacional de la British Library crecía a una tasa de 12,5 kilómetros de estanterías al año y tanto esta como la Bodleian tenían ambiciosos planes de expansión física en curso.
«Solíamos construir catedrales», dice el autor de un artículo sobre la ampliación de la Biblioteca Británica. «Ahora construimos depósitos», cápsulas del tiempo para las generaciones por venir. En los países del Tercer Mundo donde la alfabetización y el acceso a los libros sigue siendo un tema sin resolver, se ha exigido de las bibliotecas que sean sobre todo difusoras, más que repositorios. Pero en los países del Primer Mundo, bibliotecas como la Británica no están al servicio de los lectores de hoy tanto como de los lectores de mañana, y se han convertido en los guardianes de su derecho inalienable de crear su propia narración del pasado.
Nosotros, los letrados de hoy, podemos refugiarnos en las casas de lectura que propone Steiner: ni los libros ni la humanitas desparecerán en el futuro inmediato. O podemos enfrentar la incertidumbre y la angustia que genera la encrucijada permanente que ha reemplazado el camino de trazo preciso del humanismo. Si este es el caso, recomiendo tener a mano la máxima de Panofsky: «El humanista rechaza la autoridad, pero respeta la tradición».
Margarita Valencia
Editora colombiana,
miembro del Observatorio Iberoamericano de la Edición Independiente (OBIEI)