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Precio y aprecio de los libros. Juan Domingo Argüelles en Revista Texturas 11

Con motivo del Décimo Aniversario de la Revista Texturas, semanalmente ofrecemos un artículo en abierto de estos primeros 10 años.

en efecto, el problema de la lectura no radica en los que carecen de alfabeto y dinero, sino en los que tienen «educación superior» y poder adquisitivo suficiente para comprar libros pero que, en lugar de libros, mil veces prefieren comprar coches, viajes, ciertos lujos alcanzables, entradas para el fútbol, trajes de marca, iPods, blackberrys, teléfonos móviles y demás dispositivos tecnológicos, comidas en buenos restaurantes, suscripciones a clubes deportivos, suscripciones a televisión de pago, etcétera, y por cuyos precios casi nunca se espantan ni protestan como cuando lo hacen al saber que un libro cuesta, para México, la ¡estratosférica cantidad de doscientos pesos! o, para España, ¡la desmesurada cifra de trece euros!

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El texto es un fragmento del libro Si quieres… lee. Contra la obligación de leer y otras utopías lectorasMadrid, Fórcola Ediciones, 2009

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Libros e industria editorial: el negocio contra la cultura. Juan Domingo Argüelles en La Jornada

Libros e industria editorial: el negocio contra la cultura. Juan Domingo Argüelles en La Jornada

La industria editorial, en sus mejores momentos, está asociada a la creación y a la divulgación de la cultura; estrechamente vinculada al progreso de la educación y a la formación de conocimiento, lo mismo si se trata de literatura que si se refiere a la ciencia, el arte, la historia, la religión, los viajes, etcétera.

Después de la segunda guerra mundial (1939-1945) tocó a la industria editorial la reconstrucción más importante: la del pensamiento. Y esta reconstrucción (que se hizo a la par de retirar escombros y levantar nuevas edificaciones) corrió a cargo de las editoriales universitarias y los sellos independientes, cuyos impulsores tenían la certeza de que ninguna reconstrucción sería duradera si, en medio del nihilismo ocasionado por la barbarie bélica, no se reedificaba la inteligencia.

La historia de este antídoto contra la devastación no sólo de los edificios sino, sobre todo, de la conciencia y el saber, la encontramos en muchos libros, pero especialmente está en dos volúmenes ejemplares: La industria del libro. Pasado, presente y futuro de la edición (Anagrama, 2001), de Jason Epstein, y La edición sin editores. Las grandes corporaciones y la cultura (Era, 2001), de André Schiffrin. Estos libros cuentan la historia de los esfuerzos y afanes denodados por restablecer la confianza en la cultura y en la educación en los años finales de la primera mitad del siglo xx.

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La circunstancia del yo-lector. Juan Domingo Argüelles. Un estado de ánimo

La circunstancia del yo-lector. Juan Domingo Argüelles. Un estado de ánimo

Publicado en El Semanal de La jornadaJuan_Domingo_Arguelles_4026


En las Meditaciones del Quijote, José Ortega y Gasset escribió su célebre frase: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.” Manuel Ortuño, Txetxu Barandiaran y Manuel Gil, editores y promotores del libro de la madrileña revista Texturas (Trama Editorial) quisieron aplicar de manera práctica la sentencia orteguiana y, a mediados del año anterior, recurrieron a editores y promotores del ámbito de la lengua española para conocer su estado de ánimo que reflejara la circunstancia editorial. Comparto con los lectores el resultado en mi caso.

Me llamo Juan Domingo Argüelles, y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como Juan Lector. Me gusta leer porque leer es un verbo aparte y placentero. Es cierto que, además de los libros, las revistas, los periódicos, etcétera, se leen también el cine, la pintura, la música, la danza y nuestros semblantes y nuestras actitudes. Pero leer en la cultura escrita es aportar imaginación, emoción e inteligencia a un universo simbólico que exige una atención dialógica que no siempre se da en las otras lecturas.

Soy escritor, editor y promotor de la lectura. Cuando le cuento a un extraño (sólo si me lo pregunta) por qué me gusta leer o por qué ando entre libros, le digo que no tiene nada de extraordinario y que más bien me parece asombroso que haya personas que no tengan relación con ellos.

Mi día a día es así: Me despierto y leo. Luego escribo y leo. Antes de dormir, leo. Y a veces sueño que leo y otras veces, al despertar, he soñado una escritura que, si es algo intensa, puedo anotar en una libreta y convertirla después en objeto de lectura. Ser lector es una especie de enfermedad o de síndrome de locura. La gente realmente cree que los que leen libros están locos o enfermos de algo. Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con la esperanza de entender qué tipo de espécimen es ese orate que en vez de discutir sobre futbol habla de lecturas.

He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando me doy cuenta de que la lectura es sólo un tema de moda en la retórica de los políticos y de los periodistas; cuando me doy cuenta que la lectura les importa un carajo pero es políticamente correcto decir que leer es bueno; cuando me doy cuenta que el tema de la lectura, en general, es sólo un pretexto para ennoblecer la idiotez política y burocrática que lo invade todo.

Lo mejor de mi trabajo es, sin duda, comunicarme con profesores, promotores, lectores comunes y corrientes, que desean y propician el diálogo sobre lo que nos emociona y nos deleita: leer. Uno de mis mejores días en lo laboral fue cuando, agotado y enfermo, renuncié a la oficina y mandé al cuerno todas las exigencias absurdas que no permiten hacer nada que no sea jalar la rueda burocrática como un bruto, y donde todo el entusiasmo se ha perdido en los laberintos del sinsentido tecnocrático. Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a ver películas y escuchar música, caminar sin rumbo y dar por azar (¡qué casualidad!) con una librería de usado.

Me preguntan (y yo también me lo pregunto, aunque sólo de vez en cuando) cómo veo el futuro de mi profesión. Lo veo así: un futuro casi imposible para ser profesionista. Editar (y, por tanto, leer) más que una profesión, es una pasión, ni siquiera un oficio, sino un vicio, en un mundo donde la gente lo único que quiere es contar y acumular dinero.

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Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda dormido, porque ya habré leído lo suficiente (más quizá de lo que debía) como para saber que es imposible agotar todo lo que merece ser leído. El último libro que he leído ha sidoFirmin, de Sam Savage; llegué tarde a él; no lo leí cuando fue una novedad en español en 2007, pero sé que uno llega, tarde o temprano, a los libros que no debe perderse. Lo conseguí en una librería de usado. Y el primero que recuerdo que leí fueCorazón, diario de un niño, de Edmundo de Amicis, un libro que todavía se deja leer, pero que ya casi nadie lee. En mi mesilla tengo ahora para leer las Cartas a Juan Antonio, de Julio Ramón Ribeyro.

Un día de octubre de 2011, en Cali, Colombia, escribí un poema que creo que resume mi vida con los libros y la lectura. Se titula precisamente “Lectura” y está en mi libroFinal de diluvio (Hiperión/Universidad Autónoma de Nuevo León, 2013): “Ser y no ser lector/ mas leer siempre/ la luz, el aire, el sol,/ la lluvia, el mundo./ Y leer para ser/ –sólo un segundo–/ la luz, el aire, el sol,/ la lluvia, el mundo./ Ser y no ser lector./ Nadie ha podido/ pasar sin ser lector/ por este mundo./ Leemos, nos leemos/ y nos leen también/ los que sólo leer/ saben el mundo./ Ser y no ser lector,/ mas leer siempre,/ porque nunca el que vive/ se arrepiente/ de vivir y leer,/ salvo el suicida/ que sin embargo lee/ en el trágico libro/de su vida.”