Carrito

Ya me he registrado:

Recuperar contraseña

Ver tu carrito

Las empresas del sector del libro, cada vez más alejadas de la lectura . Txetxu Barandiaran

Las empresas del sector del libro, cada vez más alejadas de la lectura . Txetxu Barandiaran

Mientras los años de vacas gordas duraron, todos, editores, distribuidores y libreros, viajaron contentos bajo el mantra de más lectura más compra de libros, o viceversa, que les servía como argumento autojustificativo ante las distintas instituciones y administraciones culturales de este paisito para conseguir ayudas públicas y demás.
Llegó la crisis, como la plaga bíblica, después de los años de bonanza, y todo empezó a desmoronarse. Camino lleva este proceso de generar situación de derribo en el sector como siga por la senda lastimera y poco solidaria.
Octubre suele ser mes de datos en el sector del libro ya que es cuando se hacen públicas las cifras de comercio interior; las que hemos conocido en estos días sitúan al sector del libro en el 2012 a niveles del 2001 ó 2002 en lo que a facturación se refiere.
Y así, mientras ellos venden menos, los lectores, en ese mismo período de tiempo, parecen aumentar. Si en el 2001 se hablaba de un 54% de población lectora de libros, en el 2012 la cifra sube hasta un 63%.
Somos lo que leemos

Somos lo que leemos

por Álvaro Sobrino
Trama & TEXTURAS nº 5
.
Ningún objeto, ya sea un electrodoméstico, una prenda de vestir, un coche o cualquier otra posesión, y más allá de unos pocos con unas connotaciones sentimentales o afectivas, nos acompaña más de diez o a lo sumo quince años. Sin embargo, los libros que acumulamos en nuestra vida difícilmente son «reemplazados», y sólo necesidades de fuerza mayor como mudanzas o traslados nos obligan a regalar nuestros libros, casi nunca a tirarlos.
El libro, en la mayoría de las personas o de los hogares, ocupa en número el primer puesto en la relación de objetos poseídos: normalmente uno o a lo sumo dos frigoríficos, un máximo de tres televisores, uno o dos coches, no suelen llegar a la decena ni las sillas, ni las camas ni las lámparas. En el apartado de los objetos ornamentales (figuritas, floreros y jarrones, cuadros…) puede alcanzarse la veintena. En un esfuerzo artificial por ampliar la muestra podríamos extenderla hasta las piezas de la cubertería, que rondarán, supongo, el centenar. Y sin embargo, cuando llegamos a los libros, en la mayoría de los hogares, quiero pensar, hay más libros que tenedores y cucharas, no nos será difícil encontrar algunos donde los libros se cuentan por cientos, e incluso en un buen número de ellos, esta cifra superará el millar.A diferencia de los tenedores y las cucharas, los libros no permanecen ocultos en un cajón, sino que son expuestos y forman parte del paisaje doméstico, conformando un mosaico aleatorio donde las estridencias son especialmente molestas, visualmente hablando (no es lo normal ordenarlos por colores, aunque conozco a uno que así lo hace, siendo su biblioteca un sorprendente elemento cromático-decorativo, aunque de funcionalidad comprometida).
Además, el aspecto estrictamente funcional del libro, que no es otro que ser leído, ocupa una nimiedad en el tiempo, acaso unos días, un par de semanas o tres a lo más; el resto del tiempo, esto es, toda una vida, el libro será sólo y sobretodo parte del entorno visual inmediato del individuo.
Todos estos argumentos no son sino para reivindicar la importancia del diseño y la calidad de edición en el libro. Por descontado, el contenido del libro es lo esencial, pero en cada caso es el que es, a partir de la decisión de editar un texto determinado las opciones correctas en diagramación, criterios tipográficos, ilustración, cubiertas, elección del papel, encuadernación, etc. harán que esa edición sea memorable y perdure en el tiempo, o como sucede tantas veces, envejezca mal.
Pues a quienquiera que se le cuente, con todo esto sobre la mesa, cómo son las pautas que en los últimos años rigen el mercado, quiénes toman las decisiones en las estructuras editoriales, cuáles son los criterios a la hora de definir los aspectos formales, pensará que algo no está funcionando correctamente. Los antaño «responsables de edición» han sido sustituidos por «product managers» para quienes los resultados inmediatos, esto es, el máximo de ventas en el menor tiempo posible, están llenando las estanterías de los hogares de productos anodinos, perecederos, caducos, que sólo unos años después (en cuanto cambien las modas y las tendencias) reclamarán a gritos ser eliminados del paisaje visual doméstico que afean con su estridencia coyuntural. A la escasa atención que se le da hoy a las «tripas», en una especie de todo vale que afecta a la disposición de elementos, a la composición tipográfica por no hablar de la ausencia de corrección de estilo y la descuidada corrección ortotipográfica o la pobre calidad de las traducciones, parece unirse un culto al despropósito en lo referente al aspecto exterior: hoy se diseñan cubiertas y colecciones que siguen estrictos criterios de packaging y reclamo, y la atemporalidad ha dejado de ser la auténtica obsesión y reto para el diseñador que fuera antaño. Salvo meritorias excepciones el resultado no puede ser más desolador.
El libro, más allá de las superadas discusiones de sobremesa acerca de su futuro frente a la alternativa de los bytes, está pasando a ocupar el triste puesto de los objetos de consumo, libros de usar y tirar, elementos prescindibles en los que la relación persona-objeto no va más allá de la meramente funcional, y ni siquiera ésta vive sus mejores momentos. Los valores de percepción, posesión, plasticidad y proyección individual carecen de sentido. A quienes creen que el PDF es la amenaza, habría que preguntarles si no será que hacemos libros que parecen cada día más eso: PDF’s encuadernados.
Espero que no se interprete como un arrebato de nostalgia, pero no estaría de más que revisáramos las ediciones de la segunda mitad del siglo pasado, donde encontramos en ediciones modestas realizadas durante unos años que no fueron peores que estos para el mercado del libro, valores y audacias que hoy son excepción y que han quedado reservadas a unas pocas ediciones de lujo y lo que se ha dado en llamar «libro objeto».
En contraposición a todo lo expuesto, afortunadamente vemos cómo se mantienen y surgen nuevas iniciativas editoriales de momento escasas, casi testimoniales, que parecen dispuestas a no conformarse con el tedio general y luchan por mantener y reivindicar esa «cultura del libro» que pasa por horas bajas. Y de la mano de éstas, un puñado de diseñadores está bregando en esa misma línea. Sería deseable que, a unos y otros, les prestáramos algo más de atención. Los libros son más que palabras, y los lectores un patrimonio irrenunciable que se merece el esfuerzo.

_______
*Somos lo que leemos. Pocas cosas influyen en nuestro ánimo y en nuestro modo de percibir cualquier asunto como lo que estamos leyendo. Este mismo texto, posiblemente sería completamente distinto si no fuera porque la semana pasada estuve leyendo, diría que devorando porque es uno de esos libros que atrapan, las Confesiones de una editora poco mentirosa de Esther Tusquets, a quien sin conocerla ahora admiro aún más. Y en estos días, mientras escribo esto, ando con los primeros capítulos de El diseño emocional. Por qué nos gustan (o no) los objetos cotidianos de Donald Norman, otro ejemplar capaz de darle la vuelta como un calcetín a la percepción que tenemos de los objetos.

Bienvenida la crisis

Bienvenida la crisis

por Guillermo Schavelzon
Trama & TEXTURAS nº 9
.
Ahora que todo el mundo –y no sólo el libro– está en crisis, corremos el peligro de que esta situación enmascare las cuestiones más urgentes que el sector editorial tiene que enfrentar.
Desde que explotó la crisis financiera, la preocupación de editores y libreros se centró en el temor a la caída de la venta. Aunque en la mayoría de los países no ha bajado, la venta de libros tarde o temprano caerá, pero no sólo por la actual retracción del gasto sino por la poca atención prestada a los cambios en las pautas de consumo de los lectores, y a la erosión que las “teorías de mercado” han provocado en estos años.
Pantalla vs. Papel

El desplazamiento de la lectura en papel hacia la pantalla es una tendencia evidente. “Hoy el 45% del público de MySpace tiene más de 35 años… Esta es la generación de Internet, gente que estaba en sus 20 años cuando Internet se convirtió en algo habitual en sus vidas. Tenemos 129 millones de usuarios en el mundo. Somos parte de la vida diaria de la gente” (Chris DeWolfe, fundador de MySpace, El País, 12 de febrero de 2009).
Esta generación ya se ha hecho mayor, y son los profesionales de hoy. No compran libros, y dedican dos horas cada día a FaceBook o MySpace. En las encuestas sobre lectura responden que “no leen por falta de tiempo”, cuando en realidad la formulación de las preguntas no les ayuda a responder que se trata de una opción.
Luego de decidir el cierre de la revista cultural española Archipiélago, sus editores explicaron que “no lograron acercarse al público joven, especialmente al universitario”. Probablemente se conjugaron una serie de problemas que estarían afectando a la totalidad de quienes trabajan con el papel impreso, desde el libro hasta la prensa, y que son producto de irresoluciones de un sector que no ha encontrado todavía la vía para realizar con éxito la transición al mundo digital.

Los dispositivos de lectura y el libro electrónico

Los medios transmiten una confusión: cuando se habla de libro electrónico no se diferencia entre los dispositivos de lectura y el contenido, aquello que se leerá. Si separamos ambas cosas podremos ver dónde el mundo tradicional de la edición de libros tendrá su lugar y dónde no. Para una estrategia de gestión de contenidos electrónicos, habrá que saber qué dispositivo se impondrá y en manos de quién quedará su comercialización.
Las alternativas futuras del libro electrónico son poco claras todavía, y lo que finalmente unifique criterios y se imponga demorará unos años más. Hoy la gran pelea se está dando en el terreno del hardware, los dispositivos llamados e-readers, sean Kindle, Sony-Reader y varios más, cuya venta va en aumento aunque todavía no es significativa. Se trata de pequeños portátiles para leer en pantalla, algo primitivos aunque funcionales. Recordemos los primeros teléfonos celulares, y su evolución posterior; los e-readers, en tres o cuatro años más, estarán cerca de la perfección y entonces será el momento de los contenidos. Antes, no.
El dispositivo de lectura que se imponga será alguno de los desarrollados por los grandes fabricantes o comercializadores: Microsoft, Apple, Google, Sony, Amazon… El ingreso en esta competencia de los fabricantes de teléfonos celulares recién acaba de comenzar, y sin duda tendrán mucho que decir. “¿Para qué comprar un e-book si tu teléfono ya tiene esa función” (Steve Jobs de Apple, sobre el Kindle de Amazon). “Los móviles son el futuro. Hoy tenemos más de 18 millones de personas usando MySpace a través de plataformas móviles” (Chris DeWolfe).
En esta lucha de titanes informáticos, las editoriales o agencias literarias tienen poco que hacer. En cambio, en la cuestión de los “contenidos” tendrán la oportunidad de concentrarse en su actividad específica, en la que tienen larguísima experiencia, y es el área que a los gigantes informáticos no les interesa, no la consideran estratégica, porque es comprable a cualquier proveedor. Saben que cuando llegue el momento, si han logrado imponer el dispositivo, los contenidos los tendrán con poca inversión. Para eso ha servido la reciente experiencia de Google, que se apropió de millones de libros violando todas las leyes internacionales de propiedad intelectual. No ha sido un error de sus abogados, sino un “globo sonda” bien planeado. Actuaron de hecho, y ahora intentan resolver los aspectos legales en sede judicial, ofreciendo una indemnización de 130 millones de dólares, que representa menos de 60 dólares para cada autor pirateado, cifra por la que no podrían haber contratado tantas obras jamás. Para cobrarlos, el autor tiene que otorgarles el permiso de explotación electrónica de su obra, como si no hubiera habido un delito anterior. Google no hizo más que copiar la política exterior norteamericana: invadir primero, legalizar después. Para comprender el poder económico de Google, basta con ver lo que ha logrado en el sector de la publicidad: en 2008 facturó 21.000 millones de dólares en venta de anuncios, superando a las más grandes multinacionales de publicidad de todo el mundo (El País, 5 de marzo de 2009).
Para el futuro del libro electrónico, la tecnología es imprescindible pero no suficiente. No habrá libro electrónico exitoso sin contenidos, sin autores, y sin editores que sepan cómo se trabaja un texto para lograr su difusión. “La migración hacia formatos digitales dependerá del uso que los lectores comiencen a dar a los contenidos” (Grupo de Estudio de la Industria Editorial de Estados Unidos).

Los contenidos

Publicar libros electrónicos rápidamente no es la solución. Aunque tecnológicamente sea posible, hacerlo ahora de manera doméstica no ofrece ninguna garantía de difusión, y perjudicará a los escritores que cedan sus derechos, ya que en unos años más todos tendrán que vender sus desarrollos a uno de los grandes, el ganador. Vender hoy sólo genera un futuro intermediario más.
La lectura, la edición, el libro en el soporte que sea, es y seguirá siendo un producto cultural, y el lector o el usuario de un producto cultural buscará siempre contenidos, ya sea en papel o en pantalla. Por eso serán los contenidos, y no los dispositivos de lectura, los determinantes del futuro de la edición, tanto la de papel como la electrónica. El lector decidirá una sola vez la compra del dispositivo, pero múltiples veces los contenidos que quiera leer.
El lugar del dispositivo de lectura está en las grandes corporaciones, y el gran negocio del libro electrónico estará en el mundo de los libros de enseñanza. La creación, la edición, y el libro de papel –cuya continuidad y existencia no está realmente en juego–, dará mucho juego a los pequeños y medianos editores, quienes generan una buena parte de los contenidos de más valor cultural.
Así como en el mundo de la informática se requieren enormes inversiones y grandes saberes, sucede lo mismo en el mundo de la edición, sólo que a otras velocidades que hoy tienen menos glamour mediático. El proceso de transformación de una idea en un libro, trabajo del autor y del editor, tan individual y personalizado, es la parte del futuro libro electrónico que, justamente por ser poco automatizable, a las grandes empresas informáticas no les interesa. Este saber que los editores adquirieron con décadas de inversión y profesionalización, tiene un valor estratégico irremplazable y es lo que no hay que descuidar.

Un concepto de mercado

Un gran tema a reconsiderar es el concepto de mercado, tal como se ha concebido en estos años. Se trata de una diferencia esencial: pensar en términos de “mercado” o en términos de “lectores”. La tendencia de estos últimos años a publicar “lo que el mercado demanda” no se sostiene mucho más, porque “el mercado” no demanda nada. La crisis mundial ha servido para demostrar que el mercado no necesariamente tiene razón. Lo único que los análisis y encuestas pueden determinar es lo que el mercado demandó, y el mercado, a diferencia de los lectores, no nos garantiza la repetición de un hábito, ni nos asegura que alguien volverá a comprar otro libro similar. En cambio, si pensamos en lectores y los tratamos como tales podremos apostar a una pauta de conducta, a un hábito de lectura y a una lealtad, ya sea al autor, al librero, a la colección o a la editorial.
Hay dos pruebas que apoyan lo que digo: si el secreto para vender libros estuviera en publicar lo que el mercado demanda, no habría tantos fracasos editoriales como hay. Tampoco sucedería que de los 10 libros más vendidos en Estados Unidos y Francia, seis hayan sido best sellers imprevistos, libros contratados con poco dinero y bajas expectativas de ventas (información sobre 2007, en The New York Times y Le Monde). “El best seller ya no es previsible”, dijo Paolo Zaninonni, director editorial del grupo Rizzoli.
Los grandes éxitos de venta son imprescindibles para la rentabilidad y la continuidad del negocio del libro, y si éstos no son previsibles las editoriales tendrán que seguir arriesgando y apostar. Esta es la razón de la cantidad de nuevos títulos que se publican cada año en el mundo, tema que tanto da que hablar. Si los best seller fueran previsibles, las grandes editoriales no publicarían mil títulos al año, sino apenas diez.
El éxito de un libro suele producirse por la conjunción de varios factores. Los hombres de que no amaban a las mujeres, la novela de Stieg Larsson, uno de los libros más vendidos en todo el mundo en 2008, “es uno de esos escasos volúmenes que reúnen éxito de ventas, apoyo crítico y reconocimiento de los lectores” (Esteban Hernández, “Por qué Stieg Larsson vende y las revistas culturales no», en la revista Texturas, Madrid, diciembre de 2008). Cuando estos elementos se reúnen, el libro es un éxito. En cambio, los grandes lanzamientos de marketing tienen un alto porcentaje de fracasos.
Una prueba más de lo que está cambiando es el estado de buena salud de las editoriales independientes, o de los sellos que, dentro de los grandes grupos, funcionan como si fueran independientes, publicando lo que el mercado no quiere leer (palabras de Jorge Herralde, editor de Anagrama). Son quienes hacen nuevas propuestas, originales en contenidos e incluso en número de páginas, que los lectores deciden comprar. Estas editoriales “independientes del mercado”, son las que están mejor, y eso da para pensar.

Aprendiendo del negocio del disco

Lo que viene sucediendo en el mundo del disco tiene demasiadas similitudes como para no aprovechar la experiencia. Las disqueras, mareadas del éxito de los últimos 30 años por el aumento brutal del consumo de música entre los jóvenes, prestaron poca atención a las nuevas tecnologías, conformándose con los walkman y discman que usaban sus discos. Pero luego vinieron los CD grabables y la piratería descontrolada, y cuando se popularizó el MP3, el IPOD, y las bajadas de Internet, cayeron en la más grave crisis de su historia. Ese enorme mercado que habían logrado conseguir a lo largo de cien años, los abandonó en menos de uno. Diez años después, los grandes fabricantes de tecnología compiten a muerte por el soporte (los dispositivos). El contenido no ha variado, sigue siendo la música.
En este proceso las disqueras que menos se vieron afectadas fueron las que mantuvieron una línea de especialización, que nunca había sido mayoritaria, y se concentraron en atender a los consumidores que el mercado masivo despreció. Trabajaron más para los melómanos que para el mercado. El mercado se hundió, y los melómanos siguieron comprando.
Un buen ejemplo es la compañía francesa Harmonia Mundi, que lleva cincuenta años apostando por la música clásica, publicando selectos intérpretes que la gran industria del disco desechó por no ser de venta masiva. Este sello no salda nunca un disco, vive más del fondo publicado que de las novedades, y goza de excelente salud financiera. El primer disco publicado hace 50 años sigue en catálogo, y lleva vendido 200.000 copias. “Cuando vimos que en Francia los comercios de venta de discos se transformaban con la corriente del mercado, comenzamos a abrir nuestra propias casas de música para atraer a los clientes que esas disqueras iban descartando. Hoy nuestra cadena de música clásica selecta es un excelente negocio, y vende el 26% de nuestra producción. Otra parte importante de nuestra venta se canaliza a través de las buenas librerías más literarias, que se dieron cuenta que los melómanos son también ávidos lectores” (Bernard Coutaz, fundador de Harmonia Mundi).
Algo similar dicen algunas tiendas de venta de discos en España a las que, en contra de la corriente del sector, les va muy bien. “Aguantamos la crisis gracias al vinilo, cuya calidad de reproducción nunca fue igualada por el CD, y a una clientela de nivel, formada a lo largo de los años. El público que mantiene nuestro negocio es el que años atrás fue ahuyentado por las grandes tiendas” (El País, 1 febrero 2009).
En síntesis: las cadenas cuya estrategia fue concentrarse en “lo que el mercado quería escuchar”, redujeron sus referencias a los 10 mil discos más vendidos, y al final les fue mal. A las tiendas independientes, con menos espacio y pocos recursos financieros, que en contra de esa tendencia mantuvieron 100 mil referencias en stock, les va bien.

Los libreros “de antes”

La política de especial atención a los libreros independientes de algunas editoriales, señala el papel fundamental de los libreros en la construcción de un éxito editorial. Una vez que la prensa señaló que allí había un gran libro, “fue definitivo el decidido apoyo de los libreros” (Hernández, citado), necesitados de libros para recomendar a sus clientes con tranquilidad. Así venimos a reencontrar otro valor que había sido descartado por el mercado: los libreros tradicionales son determinantes para los éxitos de venta.
Miremos a las cadenas de librerías que –como cualquier supermercado– exhiben los libros en función del margen que les da el proveedor, las que reemplazaron al librero “prescriptor” por despachantes que sólo saben lo que está en el ordenador, y podremos imaginar su futuro. Esto hará bajar la venta en las librerías que, al organizar su oferta descartaron al lector habitual, para conseguir clientes que, en tiempos de crisis, ni siquiera se sabe si volverán.
Las librerías, como canal comercial, quizás sean las que más sufrirán las futuras transformaciones. Tendrán que cambiar: especializarse, convertirse en centros culturales, mejorar su oferta, reaprender a recomendar; en síntesis, encontrar cómo atraer al lector para que no opte por comprar siempre desde su casa.

El problema de la prensa

La crisis de la prensa es muy grave para el futuro del libro. El abandono paulatino de la lectura de prensa en papel es un problema actual para los diarios y revistas, que ven caer los tirajes y con ello la publicidad, su principal fuente de ingresos. Sin publicidad no pueden existir diarios de papel.
En los últimos años los más prestigiosos diarios entraron en pérdidas y no logran recuperarse. Todos necesitaron inyecciones de dinero que, hasta la crisis, venían de la bolsa o de inversionistas que buscaban más glamour o influencia que rentabilidad. The New York Times acaba de anunciar a sus accionistas (20 febrero 2009) que han perdido el 82% de su inversión del 2008, que hipotecó su emblemática sede de Manhattan y que ha tenido que aceptar por primera vez en su historia publicidad en la portada, y una inversión de 250 millones de dólares del empresario mexicano Carlos Slim, que se convierte así en el segundo accionista del diario, muy cerca ya de la familia tradicionalmente propietaria. El banquero francés Edouard de Rothschild lo hizo en Le Monde y en Liberation, los tradicionales diarios “progresistas” de Francia. El magnate australiano Rupert Murdoch adquirió The Wall Street Journal pagando una fortuna, y pese a ello todos estos diarios siguen perdiendo dinero. “No le quedan más de cinco años a los diarios de papel”, dijo Juan Luis Cebrián, fundador de El País y principal ejecutivo del grupo de comunicación mas importante de España. “No podemos seguir con el sistema actual”, replicó Murdoch recientemente en Davos.

La crisis de la prensa de papel afecta directamente al libro, porque ha sido durante décadas su principal vehículo de divulgación.

Los hombres que no amaban a las mujeres “debe su éxito a su inserción en viejos circuitos… las grandes ventas de la novela fueron consecuencia del apoyo proporcionado por la prensa escrita, cuyos artículos… activaron un entorno últimamente menospreciado, aquel que reúne reseñas favorables, librerías de calidad y lectores habituales” (Hernández, citado).
Si los diarios desaparecen o se transforman, ¿cómo haremos para que los lectores se enteren de los nuevos libros que vale la pena leer? Los lectores habituales buscan referencias en las páginas de cultura, en los suplementos literarios, no en los de “tendencias” ni en la televisión.
El futuro de la difusión de libros está amenazado por la crisis de la prensa escrita, que está reduciendo páginas de cultura y suplementos literarios. Parece inevitable que esta tendencia siga avanzando en todo el mundo. El 15 de febrero dejó de publicarse el suplemento literario del Washington Post (segundo diario de los Estados Unidos en influencia). ¿Qué sería de la venta de libros en ese país si faltara el suplemento dominical de The New York Times? Desde hace años es el que impone los éxitos y determina la exhibición en más de 20.000 librerías.
¿De qué forma los editores promoverán lo que publiquen? ¿Cuáles serán los medios para que un autor llegue al lector? ¿Dónde buscarán recomendaciones los lectores? Hace unos años se decía “la oferta crea demanda”, pero no es así. Como dijo el ex presidente George W. Bush, en los penosos días finales de su mandato, “la realidad nos ha demostrado que el mercado no siempre tiene razón”. El elevado porcentaje de fracasos editoriales, la velocidad con que desaparecen de las librerías los libros cuya venta no arranca de inmediato, y la urgencia en destruir o saldar los ejemplares que no se vendieron, son la mejor demostración de que la oferta no crea demanda. “El mercado” ya no es lo que se suponía que era y ¡esto sí que es una crisis!

Agenda: las cosas por su nombre

Estas notas intentan comenzar a armar una agenda de cuestiones que el sector editorial tiene que enfrentar con urgencia. Sin pretender minimizar el impacto de la llegada del libro electrónico, aunque insisto en que afectará especialmente al mundo de la enseñanza, ya que dentro de unos años será más barato un terminal para cada escolar que un pupitre de madera. Habrá así una sola línea de enseñanza –lo que a los gobiernos les atrae– y unos cuantos maestros desocupados más. La calidad de la educación y el hábito de la lectura descenderán aún más.
No me parece que debamos dejarnos avasallar por las amenazas de la tecnología, ni por su ritmo y sus urgencias. La velocidad de los nuevos desarrollos no es una necesidad del consumidor, sino la presión del inversor. El delirio financiero que nos ha llevado a la crisis actual nos conduce inexorablemente a una sociedad de “consumidores insolventes” (Carlos Gabetta, Le Monde diplomatique, marzo de 2008), y ese es el problema principal. A las nuevas tecnologías hay que conocerlas y aprovecharlas, son una gran herramienta, pero no ofrecen más que un beneficio instrumental. No olvidemos que al surgir la imprenta los copistas anunciaron que el fin del libro había llegado, y aquí estamos aún, cinco siglos después.

mayo de 2009

Lecturas y libros

por Martí Soler
Trama & TEXTURAS nº 3
.
Una de las cuestiones que me he planteado con el paso de los años es precisamente cómo llegué a la experiencia lectora, y la verdad es que por más esfuerzos que hago no lo recuerdo. Sin embargo, sí recuerdo el primer libro que hizo mella en mí. Sin duda alguna, fue Huckleberry Finn, de Mark Twain.
Según se contaba en mi familia, después de la guerra civil nuestra casa fue devastada (prácticamente desapareció todo lo transportable) mientras mis padres, mi hermana y yo nos refugiábamos en Francia. Pero, por un milagro inexplicable (aunque no soy creyente, mi vida está llena de acontecimientos inexplicables), los intrusos dejaron intacta la biblioteca, que, a pesar de estar cerrada con llave, sólo requería de un mínimo esfuerzo para abrirla.
Así que, en cuanto tuve la suficiente habilidad para leer, es fama que me la leí completa (era un acervo prácticamente dedicado a la historia y que contenía algo de literatura). Debo advertir que la familia se separó: mi padre se exilió en México y mi madre, mi hermana y yo regresamos al pueblo el mismo año de 1939.
A los pocos años, creo que yo tendría unos diez, se abrió la biblioteca pública de mi pueblo natal, la cual representó el segundo milagro en mi vocación lectora.
Todo esto para decir que hay tres condiciones para adquirir un buen hábito de lectura: libros en casa, bibliotecas a mano y un maestro que aliente y fomente la lectura en clase. Un maestro de este tipo también existió en mi caso, y debo homenajearlo en este punto.
Propongo que veamos los tres puntos, uno por uno.-Libros en casa. Lo creo fundamental. Una casa que carece de libros representa una casa donde el fomento de la lectura no se produce, así que en la infancia es indispensable contar con por lo menos una pequeña biblioteca (no creo que la de mi padre contara con más de mil ejemplares).
-Bibliotecas públicas. Una biblioteca privada no puede satisfacer todos los apetitos del lector, por lo que las bibliotecas públicas, con un acervo complejo y diverso y préstamo a domicilio, son la solución para colmar las inquietudes de niños, adolescentes y adultos. Para la continuidad en la lectura. Una entusiasta bibliotecaria, que admiraba mi voracidad, fue encaminando mis preferencias iniciales.
-El maestro de escuela. En pleno inicio del franquismo conté con un maestro excepcional (y lo era por su condición de buen maestro y por su firme convicción republicana, lo que le acarreó bastantes problemas), que no sólo nos proponía leer determinados libros, sino que, por ejemplo, nos incitaba a dar en la clase un análisis de nuestras últimas lecturas, nuestras preferidas. Él mismo acondicionó un aula (sobraban aulas en esa escuela) con diversos elementos para ayudar a las clases y que contaba con libros de consulta. Al propio tiempo, nos prestaba libros de su biblioteca particular.

Llegamos a México en 1947 (a los 13 años) y, desde luego, en casa se contaba con una biblioteca. Sin embargo, a esa edad ya los libros acumulados por mi padre no eran tan atractivos para mí, así que tuve que recurrir a las librerías de viejo para ir formando mi propia biblioteca, según mis propios gustos y el intercambio de ideas con los compañeros de escuela y demás amigos. Aunque en un principio fue importante para mí leer todo tipo de libros, esto no quiere decir que supiera perfectamente qué libros debía leer. Creo que el deber no es siempre lo mejor para el fomento de la lectura, sino el placer.
Debo decir que desde los 15 años empecé a ayudar a mi padre a corregir pruebas (bajo su maestría y la de Ramón Lamoneda, otro republicano excepcional) y que a partir de los 17 trabajé en librerías e imprentas y más tarde, como independiente, para diversas editoriales. Mi carrera con los libros se vio beneficiada por otro hecho excepcional, mi ingreso a la escuela más connotada del mundo del libro en México: el Fondo de Cultura Económica, cuando contaba con 25 años de edad. Justo el momento preciso.
Sé que todo esto hace que me encuentre en una posición privilegiada respecto del común de los lectores y aquí sólo puedo contar mi historial como lector, que incluye una doble experiencia: la del lector profesional y la del lector digamos apasionado, libre.
Como lector profesional he tenido que leer, para dictaminarlos, aquellos libros susceptibles de ser publicados y que tenían que ver con mis propios intereses (literatura, historia del libro y de la literatura y teoría literaria, artes aplicadas, arquitectura y materias afines, filosofía, así como socialismo, anarquismo y demás teorías, utópicas o no), aquellos originales por los que se me contrataba para su revisión y corrección, una vez contratados, y la corrección de pruebas consiguiente.
Como lector libre, mi opinión es que la disposición a la lectura proviene de la facilidad del encuentro con los libros. No creo que unos tengamos más disposición que otros a la lectura, pero sí que debe iniciarse desde muy pequeño. Sin embargo, también he sido testigo, en alguno de mis hijos, de un inicio tardío a pesar de las condiciones y el ejemplo de los hermanos y los padres. En este caso, debo subrayar un problema escolar que tuvo mi hija en la escuela elemental, por lo que debo inferir que los maestros son igualmente fundamentales en la formación (o desinformación) del lector y la presencia de libros en la casa no es suficiente.
La lectura puede ser guiada o no, pero para mí es indiferente el tema o por lo menos susceptible de discusión. Desde luego que influye en nuestras vidas y desde luego que hace del lector una mejor persona, independientemente del tipo de libro que lea. La lectura es ampliación de conocimientos, sea de un libro académico o de libros de ficción. ¿Alguien duda de que Julio Verne nos llenó de conocimientos de todo tipo? Sin embargo, son muchos los casos en que hubiera sido conveniente la asesoría de maestros para una buena selección de lecturas.
En cuanto al medio o soporte del libro, mi opinión de editor hace que me incline por el papel, por ser un medio más amable quizá que los nuevos sistemas de información. Sin embargo, mi pregunta sería: ¿queremos conservar la forma del libro o el contenido? Leer ha de ser un acto natural en nosotros. El soporte del libro debe ser, por lo tanto, amable para el lector. Lo demás es lo de menos, aunque el medio electrónico debe evolucionar mucho para convertirse en un medio ideal.