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Los pliegues de la palabra. Antonio Rodríguez de las Heras en bez diario

Los pliegues de la palabra. Antonio Rodríguez de las Heras en bez diario

A un texto plegado le llamamos hipertexto, es decir, un texto con más dimensiones que las de la página. Vemos un texto, pero sabemos que bajo sus dobleces hay más texto que podemos desplegar.

Si observamos con detenimiento esta organización de las palabras que nos permite la escritura digital, estaremos de acuerdo en que se aproxima a la de un discurso oral. También en nuestra memoria está plegada la información que queremos transmitir, de manera que según las circunstancias (tiempo, preguntas, interés…) la podemos desplegar más o menos, pero siempre, si sabemos comunicar de palabra, se mantiene un discurso. Así que de igual manera que unas manos no muy hábiles para la papiroflexia dejan un papel arrugado, no una papirola, así sucede en la comunicación oral: discursos deslavazados, excesivamente largos… junto a construcciones eficaces y bellas con los pliegues de la palabra. Ocurre lo mismo en la escritura hipertextual.

El arte de la memoria es un recurso mnemotécnico de la cultura oral. Para organizar un discurso se imaginaban figuras, lugares, donde plegar bajo sus detalles la información. De esa manera se conseguía una buena retentiva, ya que la mente recorría esos lugares, como si paseara por ellos, o contemplaba esas figuras, y el fijarse en un punto suponía desplegar las palabras que contenía.

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Contar con las palabras. Rafael Muñoz

Contar con las palabras. Rafael Muñoz

Ya se sabe que los muertos se ocupan de nosotros. Nosotros creemos que nos ocupamos de ellos, y así es, pero mucho menos de lo que ellos se ocupan de nosotros. Te dejan mapas, y otro mundo que habitar. (Alejandro Gándara)

Nos dejan también palabras, quisiera añadir.

Pasamos en estos días por fechas que invocan a los que ya no están entre nosotros. Su «presencia ausente» se nos cuela sin quererlo entre las hendiduras de la memoria: algunos la conjuran con celebraciones religiosas, otros con festejos de remoto origen céltico, pero todas ellas están ungidas con un bálsamo de palabras.

Sirvan estas que ahora revisito con ustedes para convocar a las mejores de aquellos que se nos fueron:

El goce de poder contemplar una bella y sugerente portada; tener en las manos una historia impresa en papel y disfrutar del paso de sus páginas satinadas; poseer un dispositivo electrónico (eReader) que nos permite el acceso a cientos de títulos; todos ellos sin duda son motivos para acercarse a la lectura, pero me atrevería a calificarlos de colaterales o complementarios.

No deja de sorprenderme el tesón que muchos profesiones del libro y la lectura (y no estoy pensando solo en editores) ponen en demostrar su validez, utilizando argumentos que desde mi humilde opinión tienen que ver más con lo que circunda a la lectura que con su significado más íntimo y primigenio.

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