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Llamémosla Random House en The Cult

Llamémosla Random House en The Cult

El libro que aquí ven resume la vida de un tipo fascinante, Bennett Alfred Cerf (1898 –1971), todo un

mito en el gremio de los editores. Un hombre a quien los estadounidenses conocen por dos razones de distinto peso: fue uno de los fundadores de Random House –por eso ha pasado a la historia– y dio constantes muestras de buen humor en sus conferencias, en sus artículos y en sus intervenciones en el concurso televisivo de la NBC What’s My Line?, por el que pasaron todas las celebridades habidas y por haber.
Esto último se lo cuento para que no juzguen la obra que nos ocupa como un manual especializado, solo útil para editores o libreros. Al contrario. Llamémosla Random House es una crónica sensacional, vibrante y divertida, por la que desfila el quién es quién del mundo político, cultural y frívolo –léase la alfombra roja de Hollywood y de Broadway–, con un estilo que disfraza de ligereza las reflexiones más profundas. Y eso que Cerf no pudo corregir el texto definitivo, que nos llega en una edición completada a partir de los innumerables apuntes del autor.

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La traición de los editores en The Cult

La traición de los editores en The Cult

 
Los escritores, en privado y con el ego en flor, a veces se consuelan relatando sus disputas con determinados editores, a quienes acusan de arbitrariedades económicas, de traicionar alguna promesa o, simplemente, de tener el gusto conservado con naftalina y alcanfor. El libro de Thierry Discepolo no emprende ese típico vuelo rasante, entre otras cosas porque él mismo es editor –fundó el sello Agone en 1998– y sabe que el oficio de elegir, preparar e imprimir libros es algo muy serio, que además exige innumerables equilibrios. 
 
En realidad, lo que nos propone Discepolo en este libro es una profunda reflexión sobre el destino de las editoriales y su papel como generadoras de opinión, transmisoras del saber y elevadoras de nuestra conciencia colectiva.
Es cierto que para ser editor no hay por qué ser un caballero –aunque sea de agradecer–, pero la cosa se complica cuando la editorial no luce nombre y apellidos, sino la divisa de una gran corporación industrial, con un volumen de negocio de muchos ceros.
Ahí, como habrán adivinado, dejamos de hablar de cultura y diversidad, y entran en juego las previsibles estrategias de un Monopoly multinacional en el que se intercambian tanto ambiciones como fondos de inversión.
Señala Discepolo que la mayoría de los editores «se pone con total naturalidad al servicio del programa de neutralización pacífica en la sociedad liberal de masas».
Blanco y en botella: el incremento del volumen de facturación incrementa el valor mercantil de una determinada firma editorial, pero cómo ésta forma parte de un conglomerado, hay que alegrar al accionista sumando nuevas empresas al lote, engordando a un Gargantúa que acaba siendo, a su vez, adquirido por un tercero.