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Texturas nº3 – sumario

_Editorial [VER]
_André Schiffrin: Agentes, editores y la dictadura de los «grandes títulos»
_Fabricio Caivano: Infancia, lenguaje y lectura [VER]
_Pedro A. Vives: Cultura por ahora
_Jordi Nadal: La edición como motor económico de las industrias culturales
_Manuel Gil y Francisco Javier Jiménez: El nuevo paradigma del sector del libro
_Fermín Vargas: Reflexiones sobre el sector editorial español
_Catuxa Seoane: Del papel a la web: nuevas formas de lectura, escritura y acceso a la información
_Miguel San José Romano: ilustraciones
_Felipe Romero: Canon literario en la escuela
_Martí Soler: Lecturas y libros [VER]
_Neus Arqués: Leer para entender el mundo
_Xabier P. DoCampo: Estoy leyendo
_Luis María Eguiraun: Añoranza de un delincuente francés, una familia de derechas y un bedel de instituto
_Esteban Rottman: Soñar con subtítulos
_Villar Arellano: Vivo de ofrecer lecturas
_Joan Carles Girbés: La genética y el azar (Sobre las curvas de Sharon Stone)
_Armando Pinto: De Fitzgerald a Maxwell Perkins

Robo de libros: el crimen no compensa

por Fernando García Pañeda
Trama & TEXTURAS nº 2
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No creerá, joven, que la fortuna de Pepe De Ávila-Smith, más conocido como Pepe el Pastas y su imperio de librerías de momio fueron fruto de la meditación, de la libre empresa y de un sesudo estudio de mercado. Ni, menos aún, el desaforado amor por la lectura y la literatura. No. Verá , a veces, las causas originarias de grandes empresas humanas son tan insignificantes o, al menos, insospechadas, que se dirían concebidas por humoristas poco inspirados. Y es que, si las profundidades del alma humana son insondables, las del cerebro lo son aún más (de lo contrario, nadie volaría sobre el nido del cuco).
En concreto, el origen de la poderosa cadena Letras de almoneda no fue sino el resultado de un mal de amores. No, no sonría tan a la ligera. Ya sé que los jóvenes de hoy en día sonríen de continuo y sin motivo, pero conozco la historia de primera mano. Ya sabe, una fiesta nocturna, unas copas de más y la lengua se suelta…
Atienda y lo entenderá.

La vio junto al teatro, sentada en uno de los bancos más cercanos a la entrada. Preciosa , como siempre, con sus gafitas, su jersey sobretallado y su coleta diáfana y no muy larga. Absorta en la lectura de uno de esos mamotretos que nunca se despegaban de sus manos. Como se acercara la hora de inicio del espectáculo, cerró el libro y entró al corral. Portaba el libro ostentosamente; tan ostentosamente que, a pesar de lo rebuscado, Brooklyn Follies, de Paul Auster, pudo memorizar título y autor.
El deus ex machina de la historia fue ese amigo al que esperaba; ese amigo tan torpe que al sacar las entradas en el cajero automático había pulsado la casilla de Tío Vania, de un tal Chejov, o la madre que lo parió, en lugar de la del concierto de Luis Miguel, sin percatarse del error durante la reserva de asientos. Por esa azarosa torpeza, y no por amor a los clásicos rusos, se hallaba en tal tesitura.
Llegaron al patio de butacas al tiempo que se apagaban las luces. El telón abierto le deparó una formidable sorpresa que no consistía en el acierto en el decorado, ni el buen arranque de los actores, sino la coleta y las patillas de las gafas sentadas delante de él.
Tuvo toda la primera parte de la obra para preparar la estrategia, que empezó en el descanso con un «¿así que todavía no has leído el Brooklyn de Auster?», dicho así, como familiarizado absolutamente con el libro. «Pues no sabes lo que te estás perdiendo», remachó ante un amigo que le miraba con expresión de calamar neurótico; y concluyó al final del espectáculo con los «¡bravo, bravo!» más estentóreos de la sala. El éxito se tradujo en un inicio de conversación promovido por ella («ha sido… catártico, ¿verdad?) y una cita para el siguiente sábado.
Pepe tenía que prepararse bien. Se informó a través del Google sobre algunos de esos pájaros escritores, de quienes se podía hablar sin decir nada. Incluso ideó la guinda: le regalaría el último libro publicado por Auster, que recién salía de la imprenta. Lástima que hubiera una pega: a últimos de mes, estaba sin blanca; la asignación de papá siempre se iba en cubatas, ropa y apuestas mutuas poco después de la primera quincena de cada mes. Le podría sacar algún billete de a veinte a su mami para pasar el resto del sábado, pero lo justo; y eso contando con el adagio marxista de «¡Caramba!, la cuenta de la cena es carísima. ¡Es un escándalo!… Yo que tú no la pagaría», marcando un bello rasgo de posmodernidad antidiscriminatoria. En resumen: si quería fascinar a su dama, tendría que apañárselas sin dinero.
Ni corto ni perezoso, se dirigió a la librería más prestigiosa de la ciudad. Pequeña , amena y repleta de gente con ese vicio tan absurdo de leer. Como el gerente tuviera fama de ser algo simple, por eso de estar todo el día leyendo, lo intentó a la vieja usanza. Tomó el ejemplar de Viajes por el Scriptorium y se dirigió al mostrador.
-¡Hombre, hombre! Mira quién está aquí. ¡Mi querido y viejo amigo! Vaya, vaya… ¿Y este negocio tan boyante es tuyo? ¡Bien, bien! ¿Y cómo están los demás?
-¿Qué? ¿Quién?
-Pues hombre, los viejos colegas, mi querido amigo.
-Ah, los colegas.
-Claro, los viejos colegas. Qué buenos tiempos aquéllos, ¿eh?
-¿Cuáles tiempos?
-Pues hombre, aquellos en que todos éramos uña y carne. Ibamos a toda partes juntos y todo eso.
-Ah, aquéllos.
-Sí. Qué cosa más extraordinaria encontrarnos así, ¿verdad? Bien. El caso es que he visto este ejemplar y quería llevármelo…
-Te lo recomiendo absolutamente.
-… pero al cambiar de chaqueta esta mañana me he dejado la cartera en la otra, en casa.
-Esas cosas pasan. Y son muy molestas, desde luego.
-Pero se me ha ocurrido que podría llevármelo ahora, acercarme a casa de un voleo y volver con la cartera llena antes de que cerréis. ¿No te parece? No ya por los buenos tiempos, sino…
-Adiós, viejo amigo.
-¿Cómo?
-He dicho adiós. Vete, amigo mío. Largo de aquí. Vete.
-Pero…
-Y saluda a los viejos colegas de mi parte.
El librero sería simple, pero no tanto como muchos de sus amigos.
El caso es que el día de la ansiada cita llegó, y la posibilidad de conseguir un regalo épatant se había evaporado. Pero nuestro hombre no es de los que se entregan fácilmente, y actuó a la desesperada. Horas antes de la cita entró en la sección de libros de El Corte Inglés; buscó los Viajes (como diría él), pero, zancadillas del destino, se había agotado. Huroneó por las estanterías sin poder decidirse entre los títulos anteriores del neoyorquino o los de otro autor. ¿Pero cuál? Sabía de libros lo mismo que un siberiano de bikinis.
La lipotimia sufrida por una señora, a cuyo reme dio se entregaron tanto el personal de la tienda como el guardia de seguridad, actuó de catalizador. Tomó un ejemplar de una de las montañas de promoción cercanas a la salida y batió (sin convalidación) el récord de los cuatrocientos lisos en salida de grandes almacenes bajo el incordiante sonido de la alarma.
Lo había conseguido. Lástima que no tuviera mucho tiempo para contrastar el objeto del botín y su autor; pero el título le sonaba mucho y parecía muy d’avant-garde. La belleza del fin justificaba tan indigno medio. Valía la pena arriesgarse. Pronto tuvo motivos para cambiar de opinión.
No existe una palabra con suficiente contenido para expresar cómo le puso -y se puso- la inveterada Cleopatra cuando su pretendiente le ofreció, muy serio y determinado, un volumen de La fortaleza digital, de Dan Brown. Ese momento fue el alfa y omega de uno de esos grandes amores que se presentan sólo una vez en la vida.

Pero la firmeza ante la adversidad tiene su premio. Al día siguiente intentó revender esa su causa de desdicha en un mercadillo para, al menos, sacar un cubata en claro de tantos afanes. Y se llevó una nueva sorpresa: se lo quitaron de las manos. Además, supo por boca de su cliente que eso era algo normal; existía un mercado paralelo de libros para románticas y excéntricos al margen de las librerías (las cuales, paradójicamente, eran las forzadas suministradoras de la materia prima). Fue entonces cuando despertó en su interior el emprendedor que llevaba tres decenios en coma inducido.
Pateó todas las librerías de la ciudad. Las clasificó. Catalogó a sus dueños y empleados. Para el trabajo de acción buscó y encontró acólitos jóvenes de ambos sexos dispuestos a correr algún riesgo a cambio de algún billete por reme sa. También se hizo con los servicios de dos instruidos lectores que se encargarían de tomar nota de pedidos y asesorar a los anteriores. Y con sobornos generosos se agenció, de entrada, un par de buenos puestos en sendos mercadillos dominicales; y, más tarde, cuando amplió mercado con un local fijo entre las protestas del gremio tradicional, el amparo de los sicarios de la disciplina urbanística. A partir de ahí todo marchó cuesta abajo.
Sus planes de acción iniciales se centraron en dos vías: una, la experimentada por él mismo, es decir, el toma-el-libro-y-corre, que utilizaban en librerías pequeñas; y otra, más sofisticada, en la que los saqueadores acudían a establecimientos grandes y supermercados con forros especiales de papel de aluminio bajo abrigos y chaquetas, en los que insertaban tapas duras, rústicas, bolsillo, desplegables infantiles y lo que fuere menester, para no ser detectados por los sensores a la salida. La sofisticación llegó al punto de utilizar un desactivador de sensores, pero como fallaba en un porcentaje nada desdeñable se abandonó.
Los golpes más espectaculares, sin embargo, vinieron, ley de vida, de parte de las féminas que Pepe incluyó en nómina. Cuando el dependiente o patrón eran del tipo verriondo, una de ellas se le acercaba, armada con escote impetuoso y minifalda voraz, para admirar los vastos conocimientos literarios y bibliográficos de la víctima, mientras uno o dos cofrades atiborraban bolsas con las obras completas de Freud o varias docenas de Códigos Da Vinci. A veces, la devastación era completa cuando una cuadrilla de chicas bien y suficientemente vestidas mariposeaba por el establecimiento curioseando, preguntando e incluso alborotando, mientras otras, más recatadas y de aspecto más intelectualizado daban cuenta de todo Bukowski y parte de McEwan. Quizá por eso se comprende que los establecimientos regidos o atendidos total o mayoritariamente por mujeres eran los menos afectados por el holding del Pastas .
Ni siquiera las bibliotecas, públicas o privadas, escaparon a su vis atractiva: intachables bibliotecarios pusieron en sus manos centenares de clásicos y bestsellers codiciados por lectores de toda índole, recibiendo a cambio la correspondiente gratificación.

Por tanto, no crea que el día de mañana los nietos se arremolinarán en torno a las rodillas de sus abuelas rogándolas: «abuelita, abuelita, cuéntanos otra vez cómo el gran Pepe Smith acercó al Pueblo el imperio de las letras y conquistó el reino de los libros usados pero nuevos».
La realidad siempre es más dura, pero no necesariamente más inexcusable.

Edición 2.0

Edición 2.0

por Joaquín Rodríguez
Trama & TEXTURAS nº 2
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Imaginemos que hemos sido atrapados por la maldición de tener que publicar continuamente, aunque sea de oídas y citando datos de soslayo, porque somos científicos o aspirantes a científicos y nuestra naturaleza consiste en conocer los fundamentos de nuestra disciplina, pero, también, los últimos descubrimientos, las últimas tendencias, las más modernas vías de investigación e indagación, y debemos contribuir a su avance construyendo sobre materiales preexistentes, aupándonos sobre los hombros de los demás para que, a su vez, los que vengan se encaramen a los nuestros.Imaginemos que somos científicos que pertenecemos a una comunidad restringida de conocimiento, con un lenguaje altamente especializado, que consultamos y bebemos de las mismas fuentes bibliográficas y aspiramos a publicar en las mismas revistas de referencia; imaginemos que, en buena medida, el prestigio de una revista y los índices de impacto de los artículos que en ella se publican tienen que ver, precisamente, con que todos quieran publicar en la misma revista, que existe un exceso de oferta intelectual para un espacio restringido en el papel, y que eso provoca que muchas investigaciones queden arrinconadas o se resignen a ser publicadas en revistas invisibles para los comités de evaluación; imaginemos que el periodo que transcurre entre que entrego un original para evaluación y el de su eventual o improbable publicación sea de un año, tiempo en el que resulta plausible que nuevos descubrimientos invaliden por completo mis afirmaciones; imaginemos que, además, tengo que pagar por lo que leo porque el conocimiento que he producido, en gran medida financiado por organismos públicos o mediante subvenciones públicas de distintos programas ministeriales, será publicado en revistas que pertenecen a editoriales con legítimo ánimo de lucro; imaginemos que si voy a un servicio de reprografía con la intención de fotocopiar un artículo que yo mismo he escrito, que esté incluido en un volumen colectivo, recibiré una negativa por respuesta, porque deliberada o inconscientemente sometí mi creación al imperio del copyright (con la esperanza oculta, quizás, de hacerme famoso y rico a partes iguales); imaginemos que voy a una librería, incluso a una buena librería especializada, con la esperanza de encontrarme entre los happy few, los pocos volúmenes afortunados que allí se expongan y, por más que busque y rebusque y pregunte al librero, mi libro no está allí y, lo peor de todo, nadie tiene intención de reclamarlo ni exhibirlo.
Imaginemos ahora, por un momento, que todo lo contrario fuera posible: eso es la Edición 2.0., si me pidieran que diera una definición breve y fundamentada. Uno de los orígenes conocidos de Internet fue, precisamente, el de proporcionar a los físicos de partículas y altas energías un vehículo de comunicación que les mantuviera sencillamente en contacto, multilateralmente, generando redes de relaciones estables capaces de intercambiarse experiencias y contenidos digitalmente. No sé quién fue el genio capaz de transformar las señales analógicas en digitales pero sí que Tim Berners-Lee realizó una labor equiparable a la que Gutenberg realizara cinco siglos antes: poner al alcance de una comunidad los medios para acceder de manera sencilla a la información. El prodigio se comenzó a obrar, la inversión de los procesos editoriales tradicionales comenzaron a producirse, en el momento en que una comunidad de especialistas intercomunicados podían generar, hacer circular y consultar los contenidos por ellos mismos producidos sin necesidad alguna de intermediación editorial, y así se encarnó en los ArXiv.org1. Hablando con propiedad, aquellos primeros archivos en red recogían pre-prints, textos todavía no impresos y publicados en revistas convencionales, material todavía en bruto para discutir y moldear, pero contenían ya el germen de la revolución: la generación de comunidades virtuales de intereses que disponían de sus propios medios de producción para hacer circular libremente el fruto de su trabajo. Ni el más ortodoxo de los marxistas hubiera creído tener su sueño más al alcance de la mano.
Estas primeras iniciativas no dejaron de suscitar suspicacias cuando no abiertas críticas, amparándose en el falso dictamen de que no se existía proceso de selección o evaluación alguno, o de que la gratuidad escondía forzosamente conspiraciones políticas globales o de que prescindir de los habituales intermediarios editoriales era poco menos que una perversión. Si la historia de las religiones algo nos enseña es que los anatemas no tienen consistencia ni efecto alguno sobre los espíritus descreídos, y así fue lo que sucedió inmediatamente con los Open Archives temáticos, en economía2 o psicología e informática3, por ejemplo (amparados todos por la filosofía y la tecnología inscritas en la iniciativa global de archivos abiertos), o con los Postprints, con la literatura gris que después de haber sido expuesta o exhibida no encontraba canal alguno donde perdurar (las Tesis Doctorales son, sin duda, uno de los mejores ejemplos de conocimiento tradicionalmente desperdiciado. Hoy cabe encontrarlo en The Networked Digital Library of Theses and Dissertations).

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Contra el ignorante que compraba muchos libros

Contra el ignorante que compraba muchos libros

por Luciano
Trama & TEXTURAS nº 2
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Y, en verdad, es contrario lo que ahora haces de lo que quieres hacer. Crees que vas a parecer alguien en el mundo de la cultura por comprar con afán los más bellos libros. Y esto te viene al revés, incluso en una prueba de tu ignorancia en cierto modo. Sobre todo que no compras los más bellos, sino que te fías de cualquiera que los alaba y eres presa fácil de los que andan diciendo mentiras en asuntos de libros y un tesoreo bien dispuesto para sus vendedores. O, ¿desde cuándo te es posible reconocer cuáles son antiguos y dignos de aprecio, cuáles son de baja calidad y dañados, a no ser que lo dedujeras por lo comidos y destrozados que estén y te sirvas de los gusanos como consejeros a la hora de hacer ese examen? Porque, ¿qué tipo y calidad de discernimiento tienes tú sobre la exactitud o solidez que haya en ellos?
Voy a concederte que hayas elegido aquellos que Calino, buscando la belleza o el célebre Ático con todo cuidado, pudieran haber escrito, ¿qué provecho sacarías tú, extraño hombre, de su adquisición, si no conoces su verdadera belleza ni puedes gozar de ellos más que un ciego gozaría de la belleza de los jovencitos? Tú con los ojos bien abiertos miras los libros, sí, por Zeus, en exceso, y vas leyendo algunas líneas corriendo, más de prisa los ojos que los labios. Pero eso tampoco me parece suficiente, a no ser que conozcas las cualidades y defectos de cada línea de las escritas y comprendas el concepto general, cuál es el orden de las palabras, cuántas han sido corregidas por el escritor en aras de un buen estilo y cuántas son ambiguas, espurias y marginales.

¿Y qué? ¿Sigues afirmando que sabes, y eso sin haberlo aprendido, las mismas cosas que nosotros? ¿De dónde las has sacado, si no es de una rama de laurel de parte de las Musas, como el pastor aquel? El Helicón 1, donde se cuenta que las Musas tenían sus conversaciones, no lo has oído nombrar —creo yo— jamás, ni tenías las mismas conversaciones que nosotros cuando eras niño; que tú menciones a las Musas incluso resulta una impiedad. Aquéllas, en efecto, no vacilarían en aparecerse a un hombre tosco y velludo y con la piel muy curtida por el sol. Pero, a uno como tú —y permíteme, por la Libanitide, que en el momento actual no diga de ti todo con detalle— sé bien que no considerarían digno de acercarse en alguna ocasión; sino que, en vez del laurel, azotándote con mirto o con hojas de malva, te alejarían de tales lugares, para que no comntaminaras ni el Olmeyo ni la Hipocrene, cuyas aguas beben solamente rebaños sedientos o bocas puras de pastores.
Con todo, aunque eres muy falto de pudor y osado en esta materia, no te atreverías a decir que recibiste educación o que te preocupó siempre estar en contacto con los libros o que tu maestro fue fulano o que ibas a la escuela de mengano. Pero ahora tienes la esperanza de recorrer todas esas etapas con este único objetivo, el adquirir muchos libros. Según eso, retén tras reunirlos aquellos escritos de Demóstenes, cuantos el orador escribió con su propia mano, y los de Tucídides, de los que se descubrió que fueron copiados enteramente, ocho veces, por parte de Demóstenes, todos aquellos cuantos Sila mandó a Italia desde Atenas. Y ¿qué conseguirías de todo esto en materia de educación, aunque durmnieras con ellos colocándolos bajo la almohada o pegando unos a otros y revestidos con ellos fueses por todas partes? Un mono es un mono, dice el refrán, aunque tenga insignias de oro. Y tú, en efecto, tienes siempre un libro en la mano y lo estás leyendo continuamente, pero no entiendes nada de lo que lees, sino que escuchas moviendo las orejas como un asno cuando oye la lira.
Porque si el adquirir libros hiciera culto al que los tiene, la posesión de ellos sería, en verdad, muy costosa y exclusiva de vosotros, los ricos, ya que sería posible comprarlos en el mercado, aventajándonos a nosotros, los pobres. Y ¿quién podría rivalizar acerca del nivel cultural con mercaderes y libreros, que tienen y venden tantos libros? Pero, si quieres comprobar esta opinión, verás que aquéllos, en nivel cultural, no son mucho mejores que tú, sino que son toscos en el hablar como tú y torpes en el pensamiento, como es natural que sean quienes no tienen discernimiento de lo bello y de lo feo. Y tú tienes dos o tres libros que les has comprado, mientras que ellos los manejan noche y día. ¿Qué provecho sacas al comprarlos, a no ser que creas que hasta las estanterías de libros se hacen cultas por contener tantos escritos de los antepasados?
Y contéstame ahora, si te parece, o más bien, puesto que eso te va a resultar imposible, afirma o niega moviendo la cabeza a lo que te pregunte. Si alguien, no sabiendo tocar la flauta, adquiriese las flautas de Timoteo o las de Ismenias, que el propio Ismenias compró en Corinto por siete talentos, ¿acaso por comprarlas sería capaz de tocar o más bien no le valdría de ningún provecho su adquisición por no conocer la técnica para usarlas? Haces bien en decir que no con la cabeza. Ni aunque poseyeses las flautas de Marsias o las de Olimpo podrías tocar sin haber aprendido. ¿Y qué, si alguien, no siendo Filoctetes, adquiriese el arco y las flechas de Heracles con la idea de poder tensarlo y disparar las flechas certeramente? ¿Qué te parece de ése? ¿Crees que hará alguna demostración digna de un arquero? Dices también que no con la cabeza a esto. Por eso mismo, el que no sabe pilotar una nave ni se ha ejercitado en montar a caballo, si el primero adquieriese una hermosísima nave, hecha muy bien en todos los aspectos para mostrar belleza y seguridad, y si el segundo adquiriese un caballo persa o un centauro o uno marcado con la koppa, se comprobaría —creo yo— que ninguno de los dos individuos sabría servirse ni de la nave ni del caballo. ¿Dices que sí ahora a esto? Convéncete, pues, y asiente también con la cabeza a lo siguiente: si alguien como tú, siendo inculto, comprara muchos libros, ¿no ocasionaría burlas contra sí mismo por su incultura? ¿Por qué vacilas en decir que sí también a esto? Ésa es —creo— la prueba más firme y cada uno de los que lo ven le dice al punto en voz alta lo que tiene más al alcance: «¿Qué tiene que ver un perro con una bañera?».
Sucedió no hace mucho tiempo en Asia que, debido a una desgracia, a un hombre rico le amputaron ambos pies, gangrenados por el frío, creo, porque en cierta ocasión le ocurrió que tuvo que ir caminando por la nieve. Ese individuo sufría esta situación lastimosa, y para remediar la desgracia, se hizo unos pies de madera y, calzándoselos, caminaba apoyándose a la vez en sus criados. Pero hacía una cosa ridícula, se compraba siempre sandalias preciosas, al último corte de la moda, y tenía muchísimo problema con ellas, pues se había adornado con un calzado precioso los pies de madera, sin duda «sus pies». ¿No haces lo mismo también tú, que, teniendo la mente renqueante y floja como tronco de higuera, andas comprando zapatillas de oro, con las que a duras penas un hombre ágil podría caminar?
Ya que entre los otros libros compraste muchas veces los de Homero, que alguien coja y te lea el canto segundo de la Ilíada, de la que no interesa examinar los otros cantos; nada de ellos te viene bien a ti. Pero el autor ha creado un personaje del todo ridículo que va a hablar en la asamblea, deforme de cuerpo y jorobado. Aquel individuo, el famoso Tersites, ¿si cogiese la armadura de Aquiles, crees que al punto, por cogerla, se volvería hermoso y a la vez fuerte y habría pasado de un salto el río, habría enturbiado su corriente con la sangre de los Frigios, habría matado a Héctor y, antes que a él, a Licaón y a Asteropeo, cuando no es capaz de llevar la lanza de fresno sobre los hombros? No, dirías. Pero además provocaría la risa cojeando bajo el escudo, y cayendo de bruces por el peso, y mostrando bajo el yelmo aquellos ojos bizcos, siempre que intentara alzar la cabeza bajo el yelmo, y levantando la coraza por su encorvamiento de espalda y arrastrando las grebas; en una palabra, siendo una vergüenza para ambos, para el artífice y para el propietario de aquellas armas. ¿No ves, pues, que te sucede a ti lo mismo, cuando tienes un libro bellísimo en la mano, con tapa de pergamino purpúreo, con broche dorado, y tú lo lees de modo bárbaro, envileciéndolo, distorsionándolo, siendo a la vez objeto de burla de los hombres cultos y alabado por los aduladores que se te unen, ellos que, volviendo sus caras, se ríen con frecuencia?
Quiero, al menos, contarte un hecho sucedido en Pito. Un tarentino, de nombre Evángelo, que no era un desconocido en Tarento, tuvo el gran deseo de vencer en los Juegos Píticos. Lo de las competiciones gimnásticas al punto le pareció imposible para él por no estar bien dotado por naturaleza ni en fuerza ni en rapidez. En cambio, para los certámenes musicales de cítara y de canto fácilmente fue persuadido de que vencería por unos hombres detestables que estaban en su entorno y lo andaban alabando y le animaban a gritos cada vez que sacaba el más mínimo sonido a las cuerdas. Así pues, llegó a Delfos radiante en todos los aspectos; se hizo un vestido brocado de oro y una bellísima corona de laurel dorado, que en vez del fruto del laurel tenía esmeraldas del mismo tamaño que las bolitas del árbol. La cítara misma, un milagro de belleza y muy bien acabada, toda ella de oro puro, adornada con gemas y piedras preciosas, grabadas en relieve las Musas en medio de Apolo y Orfeo, gran maravilla para quienes la veían.
Cuando llegó el día del certamen, eran tres los participantes y le tocó cantar en segundo lugar. Y detrás de Tespis el Tebano que había competido de manera destacada, entra todo él deslumbrante con el oro, las esmeraldas, lo berilos y los jacintos, y la púrpura del vestido que destacaba en medio del oro le sentaba bien. Con todo esto, dejó impresionado de antemano al público y llenó de esperanzas a los espectadores. Pero cuando ya no tenía más remedio que cantar y tocar la cítara, tañe de modo desafinado y disonante y, echándose sobre la cítara con más ímpetu del que debía, rompe tres cuerdas a la vez, y comienza a cantar algo de modo desafinado y débil, de tal modo que provocó la risa de parte de los espectadores. Los jueces del certamen indignados por su atrevimiento lo expulsaron del teatro a latigazos. Entonces fue precisamente cuando el «dorado» Evángelo dio una imagen completamente ridícula llorando, y arrastrado por el medio del escenario por sus azotadores, lleno de moratones en sus piernas por los latigazos y recogiendo del suelo, las gemas de la cítara, que habían caído al recibir los palos junto a él.
Poco después, a continuación entra un tal Eumelo de Elea, con una cítara vieja, con unas clavijas de madera, con un vestido que junto con la corona apenas valía diez dracmas. Pero, éste, como cantó bien tocó según las reglas del arte, fue vencedor y así fue proclamado, y se río de Evángelo, que había hecho aquella vana pompa con la cítara y con aquellas joyas. Y se cuenta que le dijo: «Ay, Evángelo, tú ahí estás con tu corona de laurel de oro, pues eres rico, y yo, pobre, de laurel de Delfos; pero esta ventaja, al menos, sólo ésta, sacaste de. tu indumentaria, que te vas a ir sin que te compadezcan por tu derrota, antes bien te van a odiar por ese boato tuyo tan falto de arte».
Al pelo te viene este Evángelo, en la medida en que a ti te importa un higo la risa de los espectadores. No estaría fuera de lugar que yo te cuente también una historia lesbia que sucedió hace tiempo. Cuando las mujeres tracias despedazaron a Orfeo, dicen que su cabeza junto con la lira, cayendo, al río Hebro, fue llevada al mar Negro, y que la cabeza andaba flotando al lado de la lira, y que cantaba, según la leyenda, un lamento por Orfeo, mientras la lira acompañaba musicalmente cuando los vientos movían sus cuerdas. Y que así cantando llegaron a Lesbos, y aquellas gentes de la isla las recogieron y enterraron la cabeza donde ahora precisamente está el templo de Baco, al tiempo que la lira la dedicaron al templo de Apolo y durante mucho la conservaron allí. Despues de un tiempo, Neando, hijo del tirano Pítaco, al enterarse de estas propiedades de la lira, que encantaba fieras y plantas y piedras, y que, tras la desgracia de Orfeo, sin que nadie la tocase emitía melodías, le entró el deseo de poseerla y, sobornando al sacerdote con grandes sumas de dinero, lo indujo a que la sustituyese por otra lira semejante y le diese a él la de Orfeo. Él, tomándola, pensó que no era seguro tocarla a plena luz en la ciudad, y de noche, llevándola en su regazo, salió solo a las afueras de la ciudad y poniendo sus manos encima golpeaba y pulsaba torpemente las cuerdas, como un jovenzuelo que era, sin arte y desafinando; se había imaginado que la lira emitiría maravillosas melodías, bajo cuyos sones hechizaría y encantaría a todos, y que él, heredando la música de Orfeo, sería enteramente feliz. Hasta que por el eco acudieron unos perros —había muchos en aquel lugar— y lo despedazaron; por lo menos, en este punto, tuvo el mismo sufrimiento que Orfeo y los perros fueron los únicos que acudieron a su llamada; precisamente entonces llegó a verse tambien de modo muy evidente que no era la lira la que hechizaba, sino el arte y el canto, que en grado excelente y de manera única tuvo Orfeo de parte de su madre; la lira era simplemente un instrumento, en nada mejor que los otros instrumentos de cuerda.
Y ¿por qué te hablo de Orfeo y Neanto, cuando también entre nosotros mismos existió una y aún vive, creo, que compró por tres mil dracmas la lámpara de Epicteto el estoico? Esperaba, creo, también éste, que si leía por las noches bajo aquella lámpara, un sueño le superpondría al punto la sabiduría de Epicteto y sería semejante a aquel admirable anciano.
Y, ayer o anteayer, otro compró por un talento el bastón de Proteo el cínico, el que dejó a un lado cuando se lanzó al fuego, y lo tiene como un tesoro y lo muestra como los de Tegea muestran la piel del jabalí de Calidón, y los de Tebas los huesos de Gerión, y los de Menfis los bucles de Isis. Y el poseedor de tan admirable objeto incluso te sobrepasó a ti en el disparo del dardo de su incultura y desvergüenza. Ya ves de qué manera tan desdichada yace; ¡lo que necesita, en verdad, es un bastón para la cabeza!
Se dice que también Dionisio 8 compuso una tragedia muy mala y ridícula, hasta el punto de que, a causa de ella, Filóxeno entró muchas veces en la carcel por no poder contener la risa. Cuando se enteró de que se reían de él, con mucha diligencia compró la tablilla de cera de Esquilo, sobre la que éste escribía, creyendo que el estado de «entusiasmo» y de «posesión» le vendrían de la tablilla. Pero, sin embargo, escribía en ella cosas aún más ridículas con gran diferencia, como aquello de:
«Dóride llegó, la mujer
de Dionisio.»
Y de nuevo:
«¡Ay de mí, una buena esposa he perdido!»
También eso le vino de la tablilla, y esto:
«De sí mismos se ríen los
mortales locos.»
Esto último podría habértelo dicho estupendamente Dionisio a ti, y por ello debería cubrirse de oro aquella tablilla. ¿Qué esperanza tienes puesta tú en los libros, que siempre los desenrollas, los pegas, los recortas, los untas con azafrán y cedro, los envuelves en pergaminos y les pones el broche, como si los disfrutases en algo? Por su compra mucho mejor ya te has vuelto, tú que hablas de ese modo… —mejor dicho, eres más mudo que los peces— y vives de una manera que ni está bien decirlo, y un odio feroz, dicen, te tienen todos por tu desvergüenza. Así que si los libros hacen semejantes sujetos, habría que huir de ellos lo más lejos posible. Dos son las cosas que se podrían adquirir de las obras antiguas: el poder decir y poder hacer lo que se debe, imitando a los mejores y huyendo de los peores. Cuando se ve que uno no saca provecho de ellos ni de lo uno ni de lo otro, ¿qué otra cosa compra que ocupaciones para los ratones y casas para las polillas y golpes para los esclavos que no los cuidan?
¿Y cómo no iba a ser también vergonzoso, si alguien, al ver que tienes un libro en la mano —siempre tienes alguno— te preguntara de qué orador o escritor o poeta es, y tú, que conoces el título, se lo dijeras con facilidad, pero después, tal como suelen seguir avanzando estas conversaciones con tiempo bastante para hablar, él alabara o criticara algún pasaje de los contenidos del escrito y tú te vieras en apuros y sin poder decir nada? ¿No desearías en ese momento que te tragase la tierra, porque, como Belerofonte 9, tú mismo llevas el libro que te acusa? Demetrio el cínico, al ver en Corinto a un ignorante que estaba leyendo un libro —creo que las Bacantes de Eurípides, en el pasaje en que el mensajero cuenta los sufrimientos de Fenteo y la acción de Agave— arrebatándoselo lo despedazó diciendo: «es mejor que Penteo sea despedazado de una vez por mí que muchas por ti».
Aunque me estoy haciendo la pregunta a mí mismo continuamente, hasta el día de hoy aún no he podido averiguar por qué te afanas con tan gran empeño en la compra de libros. Pues nadie que te conozca un poquito podría creer que saques provecho o utilidad de ellos; no más que un calvo si comprara peines o un ciego un espejo, o un sordo a una flautista, o un eunuco a una concubina, o uno de tierra adentro un remo, o un timonel un arado. Pero ¿no será el asunto para ti una cuestión de ostentación de riqueza, y quieres mostrar abiertamente a todos que gastas incluso en cosas que no te son útiles en nada debido a tu gran sobreabundancia? Y, ciertamente, en cuanto me es dado saber a mí, que soy sirio como tú, si no hubieses inscrito fraudulentamente tu nombre en el testamento de aquel anciano, ya habrías muerto de hambre y habrías puesto a subasta tus libros. Queda aún esto; persuadido por los aduladores que no sólo eres guapo y amable, sino además sabio, orador y escritor sin parangón, te dedicas a comprar libros para hacer realidad las alabanzas de ellos. Dicen que tú, en las cenas, les echas tus discursos, y que ellos, a modo de ranas de tierra, gritan porque están sedientos, o que no les das de beber hasta que se revientan gritando.
Pues no sé cómo te dejas tan fácil arrastrar de la nariz y les crees todo lo que te dicen, tú que una vez también estuviste convencido de que eras semejante por el aspecto externo a un rey, como el Pseudo-Alejandro y el Pseudo-Filipo —el famoso cardador—, y el Pseudo-Nerón en tiempo de nuestros antepasados, y algún otro de los alineados bajo la apelación de «pseudo».
Y ¿qué tiene de extraño si esto te ocurre a ti hombre necio e iletrado, que camines con el pecho saliente e imitando el paso, el porte y la mirada de aquel a quien te agradaría parecerte, cuando también se dice que Pirro el Epirota, hombre admirable en lo demás fue corrompido por los aduladores por algo similar, hasta el punto de creer que era semejante a Alejandro? ¡Y en verdad, como dicen los músicos, el asunto estaba en dos octavas!
Porque yo vi el retrato de Pirro; y, sin embargo, estoy convencido de que era la reproducción de la figura de Alejandro. Y por esto he ultrajado a Pirro, porque te he comparado a ti con él, en cambio, a partir de él, te vendría muy bien a ti. En esta situación se encontraba Pirro y estaba convencido de esto respecto a sí mismo, que no había nadie que se encontrara con él y no tuviera la misma opinión que él, hasta que una anciana extranjera, en Larisa, diciéndole la verdad, puso fin a aquella locura. Pirro, enseñándole a la anciana un retrato de Filipo, de Perdicas, de Alejandro y de Casandro, y de otros reyes, le preguntaba a quién era semejante, muy convencido de que ella le diría que a Alejandro. Ella, fijando la atención largo tiempo, dijo: «A Batración el cocinero» —de hecho había en Larisa un tal Batración, cocinero, que se parecía a Pirro.
Y yo no podría decir a quién de los disolutos que están a la voluntad de los actores en las pantomimas te pareces. Pero sé muy ciertamente que todos creen que también tú actualmente estás sometido a fuerte manía por aquel parecido. No es extraño si siendo tan bastardo pintor, también quieras tener un parecido con los hombres instruidos en la pintura, haciendo caso a los que te hacen tales halagos.
Pero ¿por qué digo estas necedades? Pues muy clara es la razón de este afán tuyo por tales libros, aunque yo por mi estupidez no me he dado cuenta desde hace tiempo. En esto te has hecho a la idea de sabios según tú crees al menos, y tienes incluso esperanzas fundadas acerca del asunto, por si el rey, que es un hombre culto y que tiene en gran aprecio la cultura, llegara a saberlo. Piensas que si él llega a oír esto de ti, que compras libros y estás haciendo una gran colección, en breve tendrías todo de su parte. Pero, libertino infame, ¿crees que él está tan metido en los efluvios de la mandrágora que oye esto de ti y no se entera de lo otro, qué tipo de vida es la tuya durante el día, qué clase de bebidas te gustan, qué noches pasas, y quiénes y de qué edad duermen contigo? ¿No sabes que los oídos y los ojos del rey son muchos? Lo tuyo es tan manifiesto que incluso los ciegos y los sordos lo conocen. Con sólo tú hablar, con que te desnudaras para bañarte, más bien que no te desnudaras tú, si así te parece bien, sino que te desnudaran sólo tus sirvientes para bañarte, ¿qué crees?, ¿que no iban a ser al punto muy manifiestas las andanzas secretas de la noche? Dime al menos esto, si Baso, vuestro gran sofista o Bátalo, el flautista, o el libertino Hemiteón el Sibarita, que os redactó las maravillosas leyes, como que hay que arder de entusiasmo, y depilarse, y recibir y hacer tales cosas, si uno de ésos se vistiese con una piel de león y echara a andar con una clava en la mano, ¿qué crees que parecería a aquellos que lo vieran? ¿Que es el propio Heracles? No, si no tienen legañas en los ojos; pues hay mil detalles en su apariencia que testimonian lo contrario, el andar, la mirada, la voz, el cuello ceñido con collares, el albayalde, el perfume, el carmín, todo con lo que vosotros os embellecéis, y, en suma, como dice el refrán: «Más rápido se podrían esconder cinco elefantes bajo el sobaco que un solo depravado». En consecuencia, ¿si la piel de león no habría podido ocultar a ese tal, crees tú esconderte cubriéndote con un libro? Imposible. Te traicionarán también y te dejarán al descubierto los otros signos de distinción, que os pertenecen.
En suma, me parece que ignoras que las buenas esperanzas no deben buscarse en los vendedores de libros, sino tomarlas de uno mismo y de la vida de cada, día. ¿Crees tú que te van a ser a la vez abogado y testigo los bibliógrafos Ático y Calmo? No, sino hombres crueles que están dispuestos a machacarte, si los dioses lo quieren, y a reducirte al extremo de la pobreza. Debes ya desde ahora, si fueras sensato vender a cualquier persona culta esos libros y con ellos esa casa recién adquirida, y pagar a los vendedores de esclavos una parte, al menos, de tus muchas deudas.
También atiende a esto. Por dos cosas te has afanado terriblemente: la adquisición de libros caros y la compra de jovenzuelos ya hechos y robustos, y ese asunto te apasiona y te tiene cautivado. Pero es imposible que quien es pobre dé abasto a ambas cosas. Mira, pues, ¡qué cosa tan sagrada es un consejo! Considero que, dejando las cosas que no te convienen, cuides la otra enfermedad y compres aquellos servidores, para que, si te dejan los de casa, no tengas que enviar por personas libres, que sin peligro se te van, si no reciben todo y publican lo que hacéis después de beber. Así anteayer estaba contando cosas muy vergonzosas de ti el mancebo que salía de tu casa, y mostraba aún las huellas de los mordiscos. Y yo podría ofrecer incluso testigos que estaban entonces presentes de que me indigné y, enfadado, poco faltó para molerle a golpes en tu defensa, y especialmente cuando él llamaba a otro testigo de semejantes hechos, y a otro de las mismas acciones, y lo contaban con sus palabras. Por esto, amigo mío, administra tu dinero y estate vigilante, para que, en tu casa, con toda seguridad, puedas dejarte hacer y hacer esas cosas. De suerte que ¿quién podría persuadirte a dejar de hacerlo? El perro que se aveza a morder el cuero no cesaría jamás de hacerlo. Lo otro, en cambio, es más fácil; no comprar más libros. Ya estás bastante educado, tienes ya sabiduría de sobra. Casi tienes en la punta de la lengua todas las obras antiguas. Conoces toda la historia, todas las artes de composición literaria, sus excelencias y sus vilezas, y el uso del vocabulario ático.
Gracias a tantos libros has llegado a ser una cosa totalmente sabia y en la cima de la educación. Nada me impide meterme contigo, puesto que te agrada que se burlen de ti.
Con gusto te preguntaría: ¿teniendo tantos libros cuáles de ellos lees especialmente? ¿Los de Platón? ¿Los de Antístenes? ¿Los de Arquíloco? ¿Los de Hiponacte? ¿O esos los desprecias, mientras tienes a los oradores muchísimo más a mano que a éstos? Dime, ¿lees el discurso de Esquines contra Timarco? Sin duda conoces y comprendes todas y cada una de esas obras, pero ¿te sumergiste a fondo en Aristófanes y Eupolis? ¿Leíste también los Baptas 10, el drama entero? ¿Entonces no tuvo ningún efecto en ti lo que en ellos se decía, ni te pusiste colorado al ir conociéndolo? A cualquiera le llamaría la atención especialmente, al menos, esto: a qué libros te acerca con toda el alma y con qué manos los desenrollas. ¿Cuándo lees? ¿De día? Pero ninguno te ha visto hacer esto. ¿De noche? ¿Acaso habiéndoles dado las órdenes, oportunas a aquellos individuos o antes de hablar con ellos? Mira, antes de oscurecer ni te atrevas ya a hacer nada de eso; deja los libros y haz sólo lo tuyo. Aunque tú no deberías hacer ni eso, tampoco; sino sentir vergüenza por las palabras de la Fedra de Eurípides, cuando irritada contra las mujeres dice:
«Ni se estremecen de temor de la oscuridad
cómplice de sus obras
y de que los techos de la casa un día cobren
voz.»
Pero si estás decidido en permanecer a semejante manía, vete, compra libros y tenlos cerrados en casa, y goza la gloria de poseerlos; con eso tienes bastante. No vayas a tocarlos nunca, ni leerlos, ni sometas a tu lengua prosa y poesía de los antiguos que no te han hecho ningún mal.
Sé que estas palabras mías son charlas en balde y que como dice el refrán estoy intentando «lavar a un etíope». Tú seguirás comprándolos y no te servirán para nada, y serás objeto de risa de las gentes cultas, que se dan por satisfechas en sacar utilidad no de la belleza de los libros ni de su alto precio, sino de las palabras y del pensamiento de los que los han escrito.
Tú crees que vas a remediar tu incultura y a encubrirla con esa fama y a impresionar a las gentes por la gran cantidad de libros, y no sabes que también los médicos más ignorantes hacen lo mismo que tú cuando se hacen fabricar férulas de marfil y ventosas de plata y cuchillas chapadas con oro. Y, cuando tienen que usarlas, no saben ni de qué modo deben manejarlas. En cambio, si un médico de los que saben el arte se presenta en medio con una lanceta muy bien afilada, aun que esté cubierta de herrumbre, libera al enfermo del dolor. Pero, para comparar tu caso con una cosa más ridícula. Fíjate en los barberos, y observarás que de ellos los que son unos artistas tienen una navaja, cuchillas y un espejo moderado; en cambio, los ignorantes y profanos en el oficio aunque pongan a la vista gran cantidad de cuchillas y enormes espejos, no por esto ciertamente logran ocultar que no saben nada. Pero aún les ocurre la cosa más cómica: que la mayor parte de las gentes van a cortarse el pelo a casa de sus vecinos, y luego acuden a la barbería a mirarse a los espejos de aquéllos y se atusan el pelo. Así también tú deberías prestar los libros a cualquiera que los necesite, puesto que tú mismo no podrías hacer uso de ellos. Sin embargo, jamás prestaste un libro a nadie, sino que haces lo que la perra cuando está en el comedero, que ni come la cebada, ni deja comerla al caballo, que es quien puede hacerlo.
Esto es lo que, por ahora, me he tomado la libertad de decirte sólo acerca de los libros, de las otras cosas que haces detestables y vergonzosas vas a volver a oírme a menudo.
Este texto se reproduce por gentileza de Visor Libros. Traducción de Manuela García Valdés.
Texturas nº2 - editorial

Texturas nº2 – editorial

TX_2El hilo conductor de este segundo número de Texturas teje parte de un tapiz cuya larga sombra se alarga ante nuestros ojos: la incidencia de la digitalización en el mundo editorial y en concreto en el libro, convirtiendo a éste, a veces, en un «ente inmaterial o virtual».
Provenir de una cultura donde los sentidos aún no están atrofiados ha propiciado que la revista se estructure, precisamente, en torno a uno de los placeres que nutren uno de nuestros más desarrollados sentidos, que no es otro que el gusto culinario.
Hacemos nuestras las palabras del editor italiano Giulio Einaudi quien, en su Fragmentos de memorias, afirma a propósito de su amistad con Braudel y de la sincera admiración que sentía hacia él: «En París nos encontrábamos en restaurantes de fama donde mostraba un vivo interés por la comida, considerada por él, con razón, componente importante de la cultura material».
El menú que presentamos permitirá al comensal deleitarse con la volatilidad de lo digital, conocer la experiencia táctil de la apropiación de lo que le es ajeno, picotear propuestas sutiles, que no ligeras, que podrá degustar en el momento idóneo. La carta continúa y ofrece sugerencias para seguir una dieta de calidad. Interesante resultará comprobar que si todo, o casi todo, es susceptible de ser comido y/o ser transformado de cualquier forma, lo cierto es que no todas las mezclas gastronómicas ni los formatos son siempre adecuados, igual que ocurre con los alimentos-libros.
Sí. Hablamos de alimentos-libros. No hay por qué extrañarse de esta, en principio, extraña combinación. Tanto en la cocina como en el mundo del libro quizá se pueda ampliar el abanico de texturas. Texturas posibles que tan escuetamente han sido tenidas en cuenta en el nuevo marco legal, que más parece una marmita donde se guisa todo aquello que cabe, echándolo al fuego de cualquier manera y sin sentido de la medida y de las proporciones.
En definitiva, siguiendo la deriva de la gastronomía, en el ámbito del libro deberíamos apostar por una dieta más saludable y una oferta de productos básicos de calidad y naturales ante el modelo cada vez más cercano y amenazante de la comida-libro-basura.
Esperamos que les aproveche, y que la degustación ofrecida responda a sus expectativas.
Texturas nº2 - sumario

Texturas nº2 – sumario

TX_2

_Editorial [VER]
_Luciano: Contra el ignorante que compraba muchos libros [VER]
_Antonio Rivero: Procusco ataca. La encrucijada de las librerías
_Paco Goyanes: Pasodoble: «Soy librero»
_Juliana Boersner y Roger Michelena: Las librerías en América Latina: buscando un sentido
_Ricardo Nudelman: El desequilibrio realmente existente
_Joaquín Rodríguez: Edición 2.0 [VER]
_Valentín Pérez: Del manuscrito al libro electrónico. Fetichismo y digitalización
_Leroy Gutiérrez: Qué con la digitalización
_Marcos Taracido: Perdurabilidad del pergamino (o el futuro del libro)
_Chema García: Incomprendidas nuevas tecnologías para el sector editorial
_El Llibreter: Sobre la gestión de la información en las librerías
_Arianna Squilloni: Los libros ilustrados piden el papel
_Marcos Ros: Bibliotecarios sin Gutenberg
_Ana Juan: ilustraciones
_Miguel Martínez Lage: Corpus derelicti
_Victoriano Colodrón: Unidad y diversidad de la lengua española en el espacio iberoamericano del libro
_Rogelio Blanco: El hombre lector
_Carlos Yusti: Los libros robados
_Lázaro Segurola (seudónimo): Mil años de perdón
_Fernando García Pañeda: Robo de libros: el crimen no compensa  [VER]
_Alejandro J. Oviedo: Predilección por el baño
_Juan Ángel Juristo: 25 de enero de 1965

Tampoco mis libros saben que yo existo. Jordi Nadal

Tampoco mis libros saben que yo existo. Jordi Nadal

por Jordi Nadal

Mis libros me acompañan en la entrada de mi nueva casa. La historia es esta y tiene tres partes:1. Cuando cumplí 18 años, mi padre, mecánico de coches y fuente principal de mis decisiones valientes, puso un piso a mi nombre. En 1980 me daban 9000 pesetas de alquiler (unos 55 euros). Con esa cantidad, fui a la cooperativa universitaria de la Facultad de Filología, donde estudiaba primer año de Germánicas y pregunté por el gerente.-Mire, soy un estudiante de filología recién matriculado. Sé que dan un 20 % de descuento a los alumnos que compran en su cooperativa. Yo le compraré 9000 pesetas cada mes. ¿Qué descuento me puede ofrecer?


Me ofreció un 25 % ” como a los profesores “, me dijo.
Llegué en poco tiempo a tener más de 1000 volúmenes, en los que seguí leyendo.
Todo aquello me abocaba a aprender cosas que yo ignoraba. Pase a vivir más vidas. Otras vidas. Aprendí de esa gente, de esas situaciones tan diferentes a mi. Entendí cosas. Aprendí a aceptar cosas que aún no entendía del todo. Aprendí a vivir, en cierto modo, un poco más a fondo.

2.Un día, el director de la división de libro universitario de Vicens Vives, le preguntó al gerente de la cooperativa por si conocía a algún estudiante que quisiese ser promotor universitario. Citó mi nombre. Entrevista. Contrato. 1983, empiezo el que era mi deseo: trabajar en el mundo editorial.
En uno de los primeras ferias del Liber, en Barcelona, un señor que hablaba alemán con un amigo se dirigió a mi en castellano, (yo estaba atendiendo en el stand del Vicens Vives). Le contesté en alemán. Se iba y regresó sobre sus pasos. Me dijo:

-Oiga, La Fundación Bertelsmann tiene unas becas para gente que quiere hacer prácticas en editoriales alemanas. ¿Quiere usted postularse?

Le dije que sí, le mandé un CV y el lo remitió a Alemania. Me dieron una beca.
Mi vida profesional se tornó algo serio, muy serio, gracias a ese hombre generoso, la persona más elegante, ponderada, humana y buen profesional que conozco en el mundo del libro: Hermann Nahm, quien era gerente de la que fue mítica librería en Barcelona, la librería Herder.
Ese gran librero de esta ciudad se ha jubilado, pero no en mi corazón. Es, citando a Pla, Un senyor de Barcelona.

3. Estoy cambiando de casa, por motivos que no vienen al caso, pero, en todo caso, no fáciles de gestionar.
Quiero que mi casa acoja a mis amigos que me visitan, y recién me han instalando las estanterías. Coloco en ellas, entre los más de 3000 libros que me cuidaban hasta hace poco, 300 libros selectos.
Los 300 que más me han gustado. Son mis dioses lares. Son las personas, los títulos, los autores que quiero que saluden a los que entran en mi hogar. Están el el pasillo del recibidor: vigilarán la entrada y harán, por tanto, de dioses protectores: dirán quién soy (o quien me gustaría ser) y cuidarán a quienes crucen el umbral:

Francis F. Fitzgerald les dirá cosas tiernas y tristes;
Elias Canetti, verdades como puños centroeuropeos;
Primo Levi les dirá que se puede vivir sin las tablas de la ley mosaica, pero que al menos cada uno llegue a escribir y asumir las suyas, y nos dará una lección de lucidez.
Albert Camus les dirá que nada es más bello que una vida digna, hermosa, luminosa como la luz sobre el mar Mediterráneo.
Ryszard Kapuscinski les enseñará a comprender, a aceptar, a mirar con capacidad de conocimiento, esto es, de amor.
Marguerite Yourcenar les enseñará la actualidad de la belleza.
Miguel Torga la potencia única de la autenticidad.
Pablo Neruda les dirá un secreto: que yo entré en la vida adulta el 24.12.86, el día que terminé de leer Residencia en la Tierra.

Podría decir más, pero es totalmente innecesario.
Mis libros -esos libros que no saben que yo existo, como decía Borges-, me acompañan.
Yo sí sé que existen. Además, me han enseñado cosas que, lamentablemente, no siempre sé aplicar. No soy, creo, mejor gracias a los libros. Pero soy, sin duda, mucho menos peor gracias a ellos.
Sé que tendré momentos de duda. Pero no dudo de ellos. No esperan nada de mí, y me lo dan todo. Están tan desnudos como la propia vida. No están para añadir adjetivos. Son. Son un puente, entre la vida y la muerte. Me ofrecen su vida, su sombra y su cobijo. Me causan dolor, me muestran el precio del amor. Me enseñan a perder y a reir. A reirme de mi. A reirme de la sola idea de ganar.
Me enseñan y callan. Son mi Buda y su Dhammapada. Son mis padres. Son mis hijos. Son mis hermanos. Me hacen daño, me hacen bien. Me hacen. Están hechos de árboles que tenían fibra. Ahora son mi fibra.
Les quiero mucho.

Dos intentos de explicar, no la crisis del libro, sino nuestra percepción, quizá falaz, de que el libro está en crisis

Dos intentos de explicar, no la crisis del libro, sino nuestra percepción, quizá falaz, de que el libro está en crisis

por Alejandro Katz

Crisis, ¿cuál crisis?

El sector editorial tiene un tono: es un tono menor, marcado por la queja, el desconcierto y la incertidumbre. Hace ya mucho tiempo (o, cuando menos, bastante tiempo) que el mundo del libro está persuadido de que las cosas no funcionan, de que esto no va más y que el Apocalipsis (nuestro pequeño, mezquino y, naturalmente, merecido Apocalipsis) se abatirá sobre nosotros.


Ese tono del mundo editorial se expresa con diversos registros: el aullido de los editores por el exceso de devoluciones, el maullido de los libreros por el exceso de novedades, los alaridos de todos por la escasez de lectores. Se habla, hace ya años, de crisis: demasiados títulos, tiradas más cortas, precios en alza… El fantasma de la concentración recorre el imaginario de los (autodenominados) independientes: concentración en la edición y en la comercialización, estandarización y homogeneización de los gustos de los lectores. La cacofonía en estado puro. El libro tiende a comoditizarse, dicen algunos (al menos, lo he dicho yo mismo, hace un par de años), a volverse pura mercancía: ¡adiós Bourdieu!, basta de valor simbólico, no más discursos sobre el doble carácter –mercancía y significación- del bien cultural por antonomasia.
Ese tono es acompañado, desde la teoría crítica (teoría de la cultura, crítica literaria…), por un bajo continuo que acentúa el carácter melancólico de la letanía: el canon está terminado, ya no existe un corpus de obras que deben ser leídas, se han perdido (José Emilio Pacheco dixit) las alusiones comunes. En el mundo de las presuntas comunidades, de las redes, de los grupos de afinidad, ya no hay comunidades de lectores, redes textuales (ni, mucho menos, paratextuales, ni metatextuales, ni, qué hablar, transtextuales) ni afinidades: sólo hay, por una parte, consumidores (los del Código da Vinci, se dice: millones de no lectores ¿?) y, de otra, individuos, unidades dispersas que no alcanzan a construir un mercado.
Todos coinciden, pues. Tanto los que se ocupan de la producción y la venta como los que estudian los modos de uso y recepción de la cultura escrita.
¿Todos? Bueno, no todos, en verdad. La Vanguardia del pasado 26 de noviembre informaba que la segunda edición del Salón del Libro de Barcelona convocó un 20% más de público que la edición anterior. La página web de la Feria de Guadalajara informa que el público que asistió a la última edición superó en más de un 6% al de la anterior: 525 mil visitantes en 2006. La Federación de Gremios de Editores anota que, entre 2004 y 2003 (últimos años disponibles en la web), la venta de libros en el mercado interior se incrementó un 3,2% en euros, porcentaje, si se quiere, pequeño, pero en todo caso muy superior al 0,3% de incremento en el gasto en consumo final de los hogares españoles a precios de mercado (http://www.ine.es/daco/daco42/cne00/pib_9505.xls) para esos mismos años, sin considerar, por lo demás, que la variación interanual para ese período indica una reducción de la participación de los asalariados (del 48,4% al 47,7%) en el PIB total o que la participación total de la industria en el PIB también disminuyó del 14,7% al 14,1%.
¿Todos coinciden? Al parecer, los consumidores, cuando menos, no parecieran estar plenamente de acuerdo: asisten más a las ferias y aplican, a lo largo del año, un porcentaje creciente de sus recursos a la compra de libros (que es no sólo el que provoca el crecimiento de ventas, sino que es ese crecimiento ajustado por la menor participación del salario en el producto interno).
Tampoco, según parece, coinciden plenamente los actores de la profesión: si se pregunta a cada uno de ellos por la situación particular de su negocio casi nadie declara estar quebrado, ni camino a la quiebra: las ponderaciones oscilan entre un exitista “muy bien” (fuerte propensión al optimismo de las respuestas corporativas, que deben declamar el éxito porque en él está la razón de su existencia o, cuando menos, de los salarios de sus funcionarios) hasta el más moderado “bien” de los pequeños y medianos, que viven con dignidad de sus negocios; como afirmó Francisco Goyanes, de la librería Cálamo de Zaragoza, en el Encuentro de Editores de la Feria de Guadalajara: “no por no ser rico se es tonto”.
Hay, pues, o bien un doble discurso o bien una doble percepción. La explicación por recurso al doble discurso parece más sencilla, más al alcance de la mano y más satisfactoria si la pretensión es erigirse en acusador de la falsa moralidad imperante: declamemos (a los cuatro vientos, como se dice) que estamos mal y que estaremos peor, para obtener prebendas y beneficios públicos (estrategia de asistencialismo), para obtener espacio gratuito en los medios de comunicación (estrategia de marketing), o para generar mayor consumo al estimular el sentimiento de culpa de los no consumidores de libros (estrategia del psicópata). Esta perspectiva supone que todos los involucrados en el negocio del libro nadamos en la abundancia, pero nos hemos confabulado para hacer creer al mundo que apenas sobrevivimos en la escasez.
Yo no creo que esto sea así. Pienso, más bien, que la percepción de crisis refleja una preocupación verdadera, a pesar de que no esté convalidada –o, cuando menos, no esté plenamente convalidada- por la realidad del sector, según los indicadores mencionados al comienzo de esta nota.

Primera tentativa de explicación: Lo que abunda, ¿daña?

En mi opinión hay dos razones básicas que explican el tono menor que impera en el mundo de la edición y de la librería. En principio, y esto parece evidente, las dificultades cotidianas con que se enfrentan los diversos jugadores y que propician ese sentimiento según el cual “las cosas no van bien”. Hay, sin duda, un exceso de oferta, y hay también una problemática canalización de dicha oferta. La edición ha creado un modelo de reloj de arena que es, a todas luces, insuficiente para alcanzar una performance óptima, y ni siquiera para tender a ella.

Figura A
Esforzado librero intentando que la casi infinita producción de títulos se desplace hacia los lectores

Ese modelo de “reloj de arena” consiste en intentar hacer pasar decenas de miles de títulos, y centenas de miles de ejemplares, a través del espacio, necesariamente limitado, de las librerías, cuya realidad física les impide recibir, exhibir, promocionar y vender semejantes cantidades de libros. De hecho, hasta no hace demasiado tiempo (posiblemente hacia la segunda mitad de la década del 70 del siglo pasado) el modelo era, más que el reloj de arena, el caño, en el cual las relaciones del input con el output estaban mucho más cerca del óptimo: había una menor oferta (sólo entre 2001 y 2005 la cantidad de títulos editados en España se incrementó un 13,43%, pasando de 67012 títulos 76265, es decir, 9253 títulos más ofrecidos al público en sólo cinco años, lo cual significa que cada día laborable llegaron a las librerías aproximadamente 40 novedades adicionales respecto de las que se recibían en 2001); y había también una menor dispersión de los consumidores, en términos geográficos, etarios, socioeconómicos y, especialmente, de intereses de lectura.

 

 

Figura B
El caño, cuyo diámetro es idéntico en la entrada, en la salida y en toda su extensión

Tanto desde el lado de la edición como desde la librería hay quienes intentan volver a convertir el reloj de arena en un caño, no por reducción de la oferta sino simplemente ampliando el “diámetro” de los conductos de circulación: tanto la venta de libros en sitios no tradicionales como la creación de megastores crean la ilusión de que, de ese modo, es posible evitar (por medio de un “bypass”) las restricciones físicas de la librería.
Pero también hay quienes intentan responder a esa dificultad estableciendo, tanto desde la editorial como desde la librería, un sistema de lecturas que será también, por consecuencia, un sistema de lectores, es decir, un ajuste mucho más adecuado entre oferta y demanda. Como declaró Antonio Ramírez, director de la librería La Central: “El saber de un librero no es filológico, no aplica un canon estético, recae más bien en la capacidad de formular hipótesis en torno a las familiaridades entre libros y lectores. Juzgamos antes al editor que al autor, antes a los libros que a los textos.”
El desajuste entre la oferta y la demanda es un problema grave. Pero el exceso de oferta es sólo una parte del problema, y no necesariamente la peor. A mi entender, la mayor dificultad proviene de la incapacidad, tanto de muchos editores como de numerosos libreros, “de formular hipótesis en torno a las familiaridades entre libros y lectores” y, por tanto, de seleccionar una parte de esa oferta para la parte correspondiente de la demanda. El exceso de oferta parecería ser, más que una dificultad estructural del sector, la causa de una sensación subjetiva de crisis percibida como tal por los actores.
Las percepciones subjetivas de crisis por exceso son un fenómeno mucho más frecuente de cuanto se cree. Pierre Chaunu estudió con detalle la sensación de “mundo lleno” de la baja Edad Media, cuando se tenía la convicción de que Europa estaba sobrehabitada y ello traería consecuencias catastróficas. Y Roger Chartier señaló con claridad cómo, ya a fines del siglo XIX, se documentan abundantes percepciones de crisis en el sector editorial, derivadas, igualmente, de una oferta percibida como superabundante. No quiero decir con esto que no haya un exceso de oferta, y que ese exceso no sea causa de graves dificultades, pero sí señalar que no es suficiente para justificar el sentimiento de crisis en el cual el sector está instalado.

Segunda tentativa de explicación: nubes en el horizonte (de expectativas)

¿Por qué, entonces, si los indicadores -cuando menos, algunos de los indicadores- que dan cuenta de la salud del sector no parecen catastróficos o, incluso, parecen razonablemente buenos, impera tal sensación de desasosiego, de crisis, entre los actores de la actividad editorial? ¿Por qué nadie –o casi nadie- afirma con convicción, en voz alta y firme, que el futuro es auspicioso, que será mejor que el presente y, sin dudas, mucho mejor que el pasado? Tengo la impresión de que la verdadera respuesta no está en las dificultades objetivas que encuentran los editores y los libreros para desempeñar su oficio y hacer prosperar sus negocios. Está, más bien, en el terreno subjetivo –pero no por ello menos real, menos verdadero, menos acuciante- en el que se juegan las expectativas, las identidades profesionales y el reconocimiento social.
Creo que lo que está en cuestión no es el futuro, sino la relación que el pasado tiene con el futuro. Como afirma Koselleck, si “la experiencia es un pasado presente, cuyos acontecimientos han sido incorporados y pueden ser recordados […] también la expectativa se efectúa en el hoy, es futuro hecho presente, apunta al todavía-no, a lo no experimentado, a lo que sólo se puede descubrir” Según Koselleck, “no hay expectativa sin experiencia, no hay experiencia sin expectativa”.
Hasta hace un par de décadas, la experiencia permitía construir expectativas, y éstas, razonablemente, se cumplían. El futuro era, entonces, el sitio de la fantasía realizada. En los años 70 del siglo pasado era evidente que el libro ocuparía un lugar cada vez más destacado en nuestras sociedades, que el avance de las clases medias, de las democracias, de la educación universitaria permitiría cumplir, por fin, el sueño ilustrado que, por variadas razones, había estado pospuesto en el mundo iberoamericano durante mucho tiempo. Todos los indicadores así lo sugerían y, sobre todo, nada parecía poder interponerse en ese proceso casi teleológico.
Veinte, veinticinco, treinta años atrás el horizonte de expectativas era claro, despejado, sin nubes en el horizonte. Nuestro espacio de experiencia, es decir, en términos de Koselleck, la presencia del pasado en el presente y, por tanto, la del futuro hecho presente, no era fuente de incertidumbres: no había necesidad de observar los indicadores sectoriales, los índices estadísticos, los análisis macroeconómicos, para tener la certeza de un futuro promisorio. Pero esa experiencia, hoy, no permite construir expectativas. No es sólo la competencia, entonces impensada, del mundo digital, los fantasmas (bastante reales, por cierto) de los nuevos soportes, del digital sobre lo analógico, de la Internet y los contenedores de memoria virtual lo que nos pone en crisis. Es también -es sobre todo- la ruptura del canon, el estallido de los grandes discursos, la fragmentación de las comunidades de lectores, la tribalización de los espacios del saber, la lectura de zapping (véase Petrucci) lo que impide a la experiencia hacer presente el futuro, y es todo ello lo que provoca angustia y alimenta la percepción de la crisis.
Desde la teoría de la recepción de Jauss sabemos que cuando se genera una acción, esta acción, relacionada con el presente, conduce, por una parte, hacia la acumulación de hechos sociales a los que designamos con el nombre de experiencia y, por otra parte, hacia la producción de posibilidades, posibilidades que se inscriben en un conjunto de expectativas y constituyen –construyen- el futuro. Pero, hoy, quienes participamos en el mundo de la edición y de la librería no tenemos ninguna certeza de que nuestras acciones, fundadas en nuestra experiencia, puedan producir las posibilidades que imaginamos –o deseamos- que ocurran: lo que pone en cuestión la calidad del futuro del libro no es, pues, su mal desempeño presente, sino nuestra incapacidad de manejar la incertidumbre respecto del futuro.
En alguna medida, la percepción de crisis no es más que una cuestión generacional. Quienes hablamos de crisis somos viejos. Viejos, en la medida en que nos hemos formado, y hemos comenzado a actuar, hace por lo menos veinte o veinticinco años, es decir, en momentos en que el horizonte de expectativas estaba despejado. La crisis, desde esta perspectiva, no es del mundo del libro, sino nuestra, y salir de la crisis no exige tanto que cambien las condiciones en que desempeñamos nuestra actividad cuanto que sepamos cambiar nuestro modo de construir expectativas a partir de nuestra experiencia. El mundo del libro goza, al parecer, de buena salud. Lo cual no significa que muchos de quienes estamos en él podamos decir, de nosotros, lo mismo.

Texturas nº1 – PRESENTACIÓN

Hace ya muchos años, décadas incluso, coincidiendo con la Semana Santa, a alguno de nosotros el abuelo nos invitaba a su tienda a ver las procesiones. La tienda no era un comercio cualquiera: era un espacio donde los tejidos, las telas, las alfombras, los vestidos campaban a sus anchas aquellos días en que los pequeños nietos corríamos entre ellos, nos escondíamos, nos introducíamos en los huecos que las grandes alfombras dejaban, pasando a hacernos uno con la pieza. Quizás todo aquello nos era permitido como un intento, por su parte, de familiarizarnos con lo que ya empezaba a ser un negocio que, posteriormente, avatares de la vida hicieron que no superase la tercera generación.

Si bien hacemos nuestras las reflexiones de Diderot, «Un error que veo cometer sin cesar a aquellos que se dejan guiar por las máximas generales es aplicar los principios de una manufactura de tejidos a la edición de un libro» (Carta sobre el comercio de la librería), ese recuerdo sí ha influido en nuestra intención de lanzarnos a este proceloso mundo del libro, el texto, los contenidos, sus significados, con la sensación de que es posible que tanto ruido nos esté abotargando los sentidos y la capacidad de leer, sentir, palpar más allá de lo que tenemos delante de nuestras narices.

Este inconsciente presente, y algunos hados externos, nos han llevado a acercarnos a las «texturas» también como reflejo de nuestras intenciones a la hora de ir tejiendo nuevas redes, nuevas relaciones. El espacio en el que queremos trabajar es muy amplio, y además queremos compartirlo –este número es ya reflejo de ello– con puntos de vista distintos, de procedencias diversas, complementarios y muchas veces encontrados. Pero, ¿quién se atreve en este mundo de libros, textos, lectura, a poner la última palabra, señalar el cuadro final, ni siquiera cuando hablamos de soportes?
Queremos jugar también con una doble presencia, en papel y en digital. No copia la una de la otra sino, buscando la dinámica y dimensión adecuada de cada una, encontrando los matices y las sensibilidades distintas en la medida en que vayamos haciendo cómplices en este paseo conjunto y también muy personal, en el papel, en los bits y en las conversaciones.
Gracias a quienes en este inicio han apostado a ciegas. Todos son artífices y acicates principales de esta nueva conversación matizada. Esperamos poder responder a su pálpito, a su tacto y a su capacidad de asombrarnos.
Texturas nº1 - sumario

Texturas nº1 – sumario

_Presentación [VER]
_Roger Chartier: Librerías y libreros: historia de un oficio, desafíos del presente
_Alberto Manguel: Autorretrato de un lector
_Beatriz de Moura / Tomás Granados: Inge Feltrinelli
_Chema Madoz: Sin título
_Alejandro Katz: Dos intentos de explicar, no la crisis del libro, sino nuestra percepción, quizá falaz, de que el libro está en crisis [VER]
_Alejandro Sierra: La lectura. Visión ordenada y numerada
_: La mirada de un editor
_Carlos Sánchez: Un amor obsesivo, la edición de libros
_José María Barandiarán: Edición, ¿independiente o interdependiente?
_Javier Celaya: El uso de las nuevas tecnologías en el sector cultural
_Esteban Hernández: Los planes de lectura
_Christian Robin: Cultura y precio. El ejemplo del precio único del libro en Europa
_Jordi Nadal: Tampoco mis libros saben que yo existo [VER]
_Íñigo García Ureta: Mi novela más querida
_Kepa Murua: «Luke» nuevas formas de lectura
_Juliana Boersner y Carlos Neri: La lectura desde dos blogs en diálogo
_José Antonio Millán: ¡Hazlo!
_Paula Izquierdo: El perfume
_Carles García Domingo: Pero leer, ¿para qué?
_Sergio Vila-Sanjuán: ¿Por qué nadie quiere leer novelas en formato electrónico?
_Alejandro Margulis: ¿Quién le pone el cascabel a la pantalla fría?
_Juan Varela: Leer
_Daniel Menéndez: La lectura ya no es lo que era
_Tíscar Lara: El peregrino digital y la educación 2.0
_Juan Pedro Quiñonero: Crítica de la ilusión blogográfica